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Vanagloria |
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GOOD HIT, SIR
Frecuentando un campo de golf japonés, un turista americano descubrió que, por lo general, los mejores «caddies» eran mujeres. Un día llegó bastante tarde y tuvo que tomar como «caddie» a un jovencísimo muchacho de diez años que apenas conocía el campo, tenía muy poca idea de golf y no sabía más que tres palabras en inglés. Pero aquellas tres palabras hicieron que el turista no quisiera ya otro «caddie» durante el resto de sus vacaciones. Después de cada golpe, independientemente de su resultado, el pequeño rapaz golpeaba el suelo con el pie y gritaba entusiasmado: «¡Qué fantástico golpe!».
ALABADO SEA YO, ALABAAAAAHHHHH
Un joven que buscaba un Maestro capaz de encauzarle por el camino de la santidad llegó a un «ashram» presidido por un gurú que, a pesar de gozar de una gran fama de santidad, era un farsante. Pero el otro no lo sabía. «Antes de aceptarte como discípulo», le dijo el gurú, «debo probar tu obediencia. Por este ‘ashram’ fluye un río plagado de cocodrilos. Deseo que lo cruces a nado». La fe del joven discípulo era tan grande que hizo exactamente lo que se le pedía: se dirigió al río y se introdujo en él gritando: «¡Alabado sea el poder de mi gurú!». Y, ante el asombro de éste, el joven cruzó a nado hasta la otra orilla y regresó del mismo modo, sin sufrir el más mínimo daño.
Aquello convenció al gurú de que era
aún más santo de lo que había imaginado, de modo que decidió hacer a
todos sus discípulos una demostración de su poder que acrecentara su
fama de santidad. Se metió en el río gritando: «¡Alabado sea yo!
¡Alabado sea yo!», y al instante llegaron los cocodrilos y lo devoraron. ORGULLOSO DE HUMILDAD
Un obispo se arrodilló un día delante del altar y, en un arranque de fervor religioso, empezó a golpearse el pecho y a exclamar: «¡Ten piedad de mí, que soy un pecador! ¡Ten piedad de mí, que soy un pecador!...». El párroco de la iglesia, movido por aquel ejemplo de humildad, se hincó de rodillas junto al obispo y comenzó igualmente a golpearse el pecho y a exclamar: «¡Ten piedad de mí, que soy un pecador! ¡Ten piedad de mi, que soy un pecador!...». El sacristán, que casualmente se encontraba en aquel momento en la iglesia, se sintió tan impresionado que, sin poder contenerse, cayó también de rodillas y empezó a golpearse el pecho y a exclamar: «¡Ten piedad de mí, que soy un pecador!...».
Al verlo, el obispo le dio un codazo
al párroco y, señalando con un gesto hacia el sacristán, sonrió
sarcásticamente y dijo: «¡Mire quién se cree un pecador...!». OH, GALLO DIOS DEL SOL
Una anciana mujer observó con qué precisión, casi científica, se ponía a cantar su gallo, todos los días, justamente antes de que saliera el sol, llegando a la conclusión de que era el canto de su gallo el que hacía que el sol saliera. Por eso, cuando se le murió el gallo, se apresuró a reemplazarlo por otro, no fuera a ser que a la mañana siguiente no saliera el astro rey. Un día, la anciana riñó con sus vecinos y se trasladó a vivir, con su hermana, a unas cuantas millas de la aldea. Cuando, al día siguiente, el gallo se puso a cantar, y un poco más tarde comenzó a salir el sol por el horizonte, ella se reafirmó en lo que durante tanto tiempo había sabido: ahora, el sol salía donde ella estaba, mientras que la aldea quedaba a oscuras. ¡Ellos se lo habían buscado!
Lo único que siempre le extrañó fue
que sus antiguos vecinos no acudieran jamás a pedirle que regresara a la
aldea con su gallo. Pero ella lo atribuyó a la testarudez y estupidez de
aquellos ignorantes. UNA PULGA DE PESO
Un elefante se separó de la manada y fue a cruzar un viejo y frágil puente de madera tendido sobre un barranco. La débil estructura se estremeció y crujió, apenas capaz de soportar el peso del elefante. Una vez a salvo al otro lado del barranco, una pulga que se encontraba alojada en una oreja del elefante exclamó, enormemente satisfecha: - «¡Muchacho, hemos hecho temblar ese puente!». |