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Libertad |
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EL LOBO Y EL PERRO
Era un Lobo, y estaba tan flaco, que no tenía más que piel y huesos: tan vigilantes andaban los perros de ganado. Encontró a un Mastín, rollizo y lustroso, que se había extraviado. Pensó en acometerlo y destrozarlo, cosa que hubiese hecho de buen grado el señor Lobo; pero había que emprender singular batalla, y el enemigo tenía trazas de defenderse bien. El Lobo se le acerca con la mayor cortesía, entabla conversación con él, y lo felicita por sus buenas carnes. — No estáis tan lucido como yo, porque no queréis, contesta el Perro; dejad el bosque; los vuestros, que en él se guarecen, son unos desdichados, muertos siempre de hambre. ¡Ni un bocado seguro! ¡Todo a la ventura! ¡Siempre al atisbo de lo que caiga! Seguidme, y tendréis mejor vida. Contestó el Lobo: — ¿Y qué tendré que hacer? — Casi nada —repuso el Perro—, acometer a los pordioseros y a los que llevan bastón o garrote; acariciar a los de casa, y complacer al amo. Con tan poco como es esto, tendréis por gajes buena pitanza, las sobras de todas las comidas, huesos de pollos y pichones; y algunas caricias, por añadidura. El Lobo, que tal oye, se forja un porvenir de gloria, que le hace llorar de gozo. Camino haciendo, advirtió que el Perro tenía en el cuello una peladura. — ¿Qué es eso? —preguntóle. — Nada. — ¿Cómo nada? — Poca cosa. — ¿Algo será? — Será la señal del collar a que estoy atado. — ¡Atado! —exclamó el Lobo—; pues, ¿qué?, ¿no vas y vienes a donde queréis? — No siempre, pero eso, ¿qué importa? — Importa tanto que renuncio a vuestra pitanza, y renunciaría al mayor tesoro por ese precio. Y echó a correr. Y aún está corriendo.
LA FLECHA CERTERA. GUILLERMO TELL
Suiza es un país montañoso, con grandes cimas nevadas, lagos cristalinos y prados siempre verdes. Sus habitantes gustan residir en las montañas. Allí, junto a las cumbres nevadas, se vive de modo muy diferente que en los llanos y más aún que en los países acariciados por el sol. En la montañosa Suiza se encuentra, rodeado de elevadas cumbres, el lago de los Cuatro Cantones. Hace seiscientos años, al igual que hoy, se reflejaban en él, las crestas de las cimas o las siluetas de las pacientes vacas o de las tímidas ovejas que acudían a beber a sus orillas. Pero en aquella época los hombres de los cuatro cantones —pastores, cazadores y pescadores que solían reunirse junto al lago— daban muestras de viva inquietud. Al separarse, se alejaban en silencio llenos de pesadumbre. ¿Qué sucedía? Sencillamente que su tierra natal había sido invadida y sus habitantes privados de libertad. El emperador de Alemania había designado como gobernador a un hombre llamado Gessler. Este hombre, despiadado y cruel, atropellaba a los pacíficos habitantes y además implantó medidas humillantes. El pueblo vivía atemorizado y no se atrevía a manifestar u descontento. Entonces surgió un hombre de animoso corazón que tuvo el acierto de unir a todos los habitantes en un sentimiento de independencia. Este hombre era un humilde leñador. Se llamaba Guillermo Tell. Era tan hábil en el manejo del hacha como en el de la ballesta. Muchas veces, en sus correrías por las montañas, sus certeras flechas habían detenido el vuelo de las aves de rapiña o dado muerte segura, de un solo disparo, a algún animal salvaje que pretendiera acometerlo. Gessler era también una bestia feroz. Aquella tierra se estremecía con sus crueldades. Insultaba a las mujeres. Hacía incendiar las cabañas y haciendas. Destruía los rebaños. Encarcelaba en oscuras mazmorras a los hombres. Guillermo Tell recorre sus amadas montañas. Lleva del hombro colgada la ballesta, pero vigila siempre por si es necesario que una flecha veloz parta para detener la mano criminal de alguno de los soldados del emperador. Su ejemplo de independencia es seguido por todos y hace cundir de aldea en aldea la voz de rebelión contra el tirano. Los habitantes acuden a la llamada y la sublevación se difunde por todo el país. Un día llega Guillermo Tell a un poblado. En el centro de la plaza se eleva un poste en cuya parte más alta se ve un gorro del gobernador. El tirano ha dado orden de que todo el que cruce la plaza tiene que descubrirse e inclinar la cabeza ante el sombrero en señal de acatamiento. Guillermo Tell se niega a hacerlo. Los soldados quieren obligarle, pero él responde altanero: — Sólo debo respeto a la libertad. Los soldados de Gessler prenden al rebelde y le llevan a presencia del gobernador. Éste sonríe con la más carel de las sonrisas. — Ya sé que eres un buen cazador y que nunca se desvió una flecha de tu ballesta —le dice Gessler con sonrisa burlona. Tell no le contesta. — Te vanaglorias de atravesar una manzana a cincuenta pasos —prosigue el gobernador—. Pues bien, quiero ser generoso contigo. Te daré la libertad si lo haces en mi presencia. El corazón de Tell se abre a la esperanza ante una prueba tan fácil, pero es sólo por un momento, pues Gessler, siempre con su sonrisa infernal, prosigue: — Colocaremos una manzana sobre la cabeza de tu hijo. y pondrás más empeño en no errar el tiro, porque supongo que no querrás ocasionarle la muerte, ¡vamos, prepárate! Una terrible lucha se desencadena en el corazón de Guillermo Tell. Su hijo, el pequeño Gualterio, nota el temblor de su padre y con una voz infantil, pero firme y decidida, esfuerza en darle ánimos. — Sí, padre; —le dice— no tengas temor. Serás libre si atraviesas la manzana. Y el mismo niño coloca el fruto sobre su cabecita y pone junto al poste que ha de servir de blanco. No sin ataduras que le fijen al poste y rechaza a los soldados que quieren atar. Tiene fe en su padre y está plenamente decido de que su puntería —al igual que en otras ocasiones—, no ha de fallar. Finalmente el padre se decide. El niño le mira con serenidad y le sonríe. Tell pide dos flechas a los soldados del gobernador. Coloca una de ellas en la ballesta, tensa la cuerda y afina la puntería, dominando el temblor que se había apoderado de sus manos. Hay un silencio de angustia en toda la muchedumbre que se había congregado en la plaza. Guillermo Tell dispara. La flecha parte veloz hacia donde está el pequeño Gualterio... ¡Se ha clavado, certera, en el mismo centro de la manzana! Todos los circunstantes —incluidos los soldados del mismo gobernador— lanzan exclamaciones de admiración. Tan sólo Gessler contempla la escena con ojos fieros. Tell abraza a su hijo, que ha corrido gozoso hacia él. Luego, aún con su hijo en brazos, se agacha a recoger la segunda flecha, que había dejado en el suelo frente a sus pies. — Dime —pregunta Gessler—, ¿para qué querías esa segunda flecha si tan seguro estabas de tu puntería? — Estaba destinada a ti, si, por desgracia, hubiese errado el tiro —responde con fiereza Guillermo Tell. El gobernador se muerde los labios, pero su cruel sonrisa sigue dibujándose en ellos. Por esta respuesta, Tell es cargado de cadenas y, para conducirlo a la mazmorra donde ha de purgar su delito, es embarcado en la misma lancha que llevará al gobernador y a sus hombres a través del lago. Repentinamente se levanta un fuerte temporal y la embarcación corre peligro de zozobrar. El único capaz de evitarlo es el prisionero, que ya está acostumbrado a cruzar el lago en travesías difíciles. Por eso le libran de las cadenas y le ordenan que empuñe los remos y con mano vigorosa conduce la barca hasta la otra orilla. Pero apenas ha sido rozada la orilla, Guillermo Tell salta a tierra, y dando un fuerte empujón con el pie a la lancha, la impulsa de nuevo hacia el lago, mientras él huye en dirección a las montañas. Guillermo Tell ha recuperado la libertad, pero no la de su pueblo. Tampoco él es del todo libre porque los soldados del gobernador le acosan y persiguen por todas partes como si fuera una alimaña. Gessler logró salvarse de la tormenta y a los pocos días dispuso la celebración de una gran fiesta en su castillo. Guillermo Tell, a cuyos oídos ha llegado la noticia de la fiesta, se desliza sigilosamente hasta los alrededores de la residencia del gobernador. Allí, oculto entre unos matorrales, acecha y observa vigilante todo cuanto sucede. Desde su escondite ve congregarse a multitud de curiosos que nunca faltan en ocasiones semejantes. Músicos y soldados desfilan en primer lugar. A continuación, llega un brillante cortejo de pajes y escuderos que escoltan a un personaje. Es Gessler. A su paso, el antiguo temor parece haberse disipado. Gentes de toda condición se apelotonan en tomo al cortejo y solicitan perdón para todos los que están en las mazmorras. Gessler no parece inmutarse ante estas súplicas. Se considera seguro en su tiranía y sonríe con desprecio. En esto, una flecha, disparada de uno de los matorrales que bordean el camino, atraviesa el duro e insensible corazón del gobernador. Cae al suelo. En su agonía, aún tiene tiempo de ver a un hombre erguido entre los matorrales. — ¡Tu flecha! —exclama dirigiéndose a él. — Sí, mi flecha —responde Guillermo Tell—, la segunda que juré clavarte un día. La primera por mi libertad. Y ésta por la libertad de todos.
Y así fue como un humilde leñador,
nacido y criado en las montañas suizas, se convirtió en el fundador y el
símbolo de a libertad e independencia de su patria. EL CORAJE Y LA LIBERTAD
La Libertad no consiste en estar exento de penalidades y riesgos, sino en disponer de tenacidad para superarlos. No deseo que me libres de todos los peligros, sino valentía para enfrentarme a ellos. No pido que se apague mi dolor, sino coraje para dominarlo. No busco aliados en el campo de batalla de la vida, sino fuerzas en mí mismo. No imploro con temor ansioso ser salvado, sino esperanza para ir logrando, paciente, mi propia libertad. ¡Concédeme que no sea un cobarde, Señor, que sólo sienta tu misericordia en mi triunfo; sino que descubra el poder de tu mano en mi fracaso! |