Búsqueda

RASCACIELOS

 

 Tres sabios decidieron emprender un viaje, porque, a pesar de ser tenidos por sabios en su país, eran lo bastante humildes para pensar que un viaje les serviría para ensanchar sus mentes.

 Apenas habían pasado al país vecino cuando divisaron un rascacielos a cierta distancia. «¿Qué podrá ser ese enorme objeto?», se preguntaron. La respuesta más obvia habría sido: «Id allá y averiguadlo». Pero no: eso podía ser demasiado peligroso, porque ¿y si aquella cosa explotaba cuando uno se acercaba a ella? Era muchísimo más prudente decidir lo que era, antes de averiguarlo. Se expusieron y se examinaron diversas teorías; pero, basándose en sus respectivas experiencias pasadas, las rechazaron todas. Por fin, y basándose en las mismas experiencias —que eran muy abundantes, por cierto—, decidieron que el objeto en cuestión, fuera lo que fuera, sólo podía haber sido puesto allí por gigantes.

 Aquello les llevó a la conclusión de que sería más seguro evitar absolutamente aquel país. De manera que regresaron a su casa, tras haber añadido una más a su cúmulo de experiencias.

 

 

CAZADORES SIN ESTRELLA

 

Dos cazadores alquilaron un avión para ir a la región de los bosques. Dos semanas más tarde, el piloto regresó para recogerlos y llevarlos de vuelta. Pero, al ver los animales que habían cazado, dijo:

- «Este avión no puede cargar más que con uno de los dos búfalos. Tendrán que dejar aquí el otro».

 - «¡Pero si el año pasado el piloto nos permitió llevar dos búfalos en un avión exactamente igual que éste...!», protestaron los cazadores.

 El piloto no sabía qué hacer, pero acabó cediendo:

- «Está bien; si lo hicieron el año pasado, supongo que también podremos hacerlo ahora...»

 De modo que el avión inició el despegue, cargado con los tres hombres y los dos búfalos; pero no pudo ganar altura y se estrelló contra una colina cercana. Los hombres salieron a rastras del avión y miraron en torno suyo. Uno de los cazadores le preguntó al otro:

- «¿Dónde crees que estamos?»

El otro inspeccionó los alrededores y dijo:

- «Me parece que unas dos millas a la izquierda de donde nos estrellamos el año pasado».

 

 

 

A TU LADO

 

El gurú que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio.

- «¿Qué deseas?», le preguntó el gurú.

El abad le contó una triste historia. En otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios, y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente:

- «¡Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?»

- «Sí», respondió el gurú, «un pecado de ignorancia».

- «¿Y qué pecado puede ser ése?»

- «Uno de vosotros es el Mesías disfrazado, y vosotros no lo sabéis».

Y, dicho esto, el gurú cerró sus ojos y volvió a su meditación.

Durante el penoso viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se desbocaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías!, había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerle? ¿Y quién podría ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristán? ¿El hermano administrador? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos...

Pero resulta que el gurú había hablado de un Mesías «disfrazado»... ¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos... y uno de ellos tenía que ser el Mesías!

Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros:

- ¿el Mesías... aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado... entonces, tal vez... ¿Podría ser Fulano...? ¿O Mengano, o...?

Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. «Nunca se sabe», pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, «tal vez sea este...»

El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de Amor.

 

 

BUSCA EN LA RISA

 

El Maestro estaba de un talante comunicativo, y por eso sus discípulos trataron de que les hiciera saber las fases por las que había pasado en su búsqueda de la divinidad.

 - «Primero», les dijo, «Dios me condujo de la mano al País de la Acción, donde permanecí una serie de años. Luego volvió y me condujo al País de la Aflicción, y allí viví hasta que mi corazón quedó purificado de toda afección desordenada. Entonces fue cuando me vi en el País del Amor, cuyas ardientes llamas consumieron cuanto quedaba en mí de egoísmo. Tras de lo cual, accedí al País del Silencio, donde se desvelaron ante mis asombrados ojos los misterios de la vida y de la muerte».

 - «¿Y fue ésta la fase final de tu búsqueda?», le preguntaron.

 - «No», respondió el Maestro. «Un día dijo Dios: “Hoy voy a llevarte al santuario más escondido del Templo, al corazón del propio Dios”. Y fui conducido al País de la Risa».

 

 

¿Y YO QUIÉN SOY?

 

Una mujer estaba agonizando. De pronto, tuvo la sensación de que era llevada al cielo y presentada ante el Tribunal.

 

- «¿Quién eres?», dijo una Voz. «Soy la mujer del alcalde», respondió ella.

- «Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada». «Soy la madre de cuatro hijos».

- «Te he preguntado quién eres, no cuántos hijos tienes». «Soy una maestra de escuela».

- «Te he preguntado quién eres, no cuál es tu profesión».

Y así sucesivamente. Respondiera lo que respondiera, no parecía poder dar una respuesta satisfactoria a la pregunta

- «¿Quién eres?».

- «Soy una cristiana». «Te he preguntado quién eres, no cuál es tu religión».

- «Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres y necesitados». «Te he preguntado quién eres, no lo que hacías».

 Evidentemente, no consiguió pasar el examen, porque fue enviada de nuevo a la tierra. Cuando se recuperó de su enfermedad, tomó la determinación de averiguar quién era. Y todo fue diferente.

 

 

SABE A SAL

 

Un día el sabio Uddalaka le ordenó a su hijo: «Pon toda esta sal en agua y vuelve a verme por la mañana».

El muchacho hizo lo que se le había ordenado, y al día siguiente le dijo su padre:

- «Por favor, tráeme la sal que ayer pusiste en el agua».

- «No la encuentro», dijo el muchacho. «Se ha disuelto».

- «Prueba el agua de esta parte del plato», le dijo Uddalaka. «¿A qué sabe?». «A sal».

- «Sorbe ahora de la parte del centro. ¿A qué sabe?» «A sal».

- «Ahora prueba del otro lado del plato. ¿A qué sabe?» «A sal».

- «Arroja al suelo el contenido del plato», dijo el padre.

 

Así lo hizo el muchacho, y observó que, una vez evaporada el agua, reaparecía la sal. Entonces le dijo Uddalaka: «Tú no puedes ver a Dios aquí, hijo mío, pero de hecho está aquí».

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