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BONDAD |
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EL VIEJO ABUELO Y EL NIETO Érase una vez un hombre muy anciano al que los ojos se le habían vuelto turbios, sordos los oídos y las rodillas le temblaban. Cuando estaba sentado a la mesa y ya casi no podía sostener la cuchara, derramaba algo de sopa sobre el mantel y otro poco de sopa le volvía a salir también de la boca. Su hijo y la esposa de su hijo sentían asco de ello y en consecuencia, el viejo abuelo hubo de sentarse, finalmente, en la esquina detrás de la estufa. Le daban la comida en un cuenco de barro, y ésta ni siquiera era suficiente para saciarle. Cierto día, sus manos temblorosas no pudieron sujetar el cuenco y éste cayó al suelo y se rompió. La mujer joven le regañó, mas él no dijo nada y se limitó a suspirar. Entonces ella le compró por pocas monedas una vasija de madera, de la que él habría de comer en adelante. Cuando de esta forma están sentados el nieto pequeño, de cuatro años, comienza a acarrear tablitas y a dejarlas en el suelo. - «¿Qué es lo que estás haciendo?»> le preguntó el padre. - «Voy a hacer un comedero» -respondió el niño- «para que coman de él papá y mamá cuando yo sea grande». Entonces el padre y la madre se miraron un rato de hito en hito, comenzaron finalmente a llorar y se apresuraron a traer al viejo abuelo a la mesa. Desde entonces le dejaron comer siempre junto a ellos y tampoco dijeron nada si alguna vez derramaba un poco de sopa.
UNA REACCIÓN CON BUEN TEMPLE
Desde lo alto de un cocotero, un mono arrojó un coco sobre la cabeza de un sufí. El hombre lo recogió, bebió el dulce jugo, comió la pulpa y se hizo una escudilla con la cáscara. Gracias por criticarme.
LA MANTA
Un padre casó a su hijo y le donó toda su fortuna. Se quedó a vivir el padre con los recién casados, y así pasaron dos años, al cabo de los cuales nació un hijo al matrimonio. Fueron luego sucediéndose los años, uno tras otro, hasta catorce. El abuelo, valetudinario ya, no podía andar sino apoyado en su bastón, y se sentía sucumbir bajo la aversión de su nuera, la cual era orgullosa y Ana, y decía continuamente a su marido: —Yo me voy a morir pronto si tu padre continúa viviendo con nosotros. Me es imposible sufrir ya por más tiempo. El marido se fue a encontrar a su padre y le habló de esta manera: —Padre, salid de mi casa. Ya os he mantenido por espacio de doce años o más. Idos a donde queráis. —Hijo, no me eches de tu casa. Soy viejo, estoy enfermo y nadie me querrá. Por el tiempo que me queda de vida no me hagas esta afrenta. Me contento con un poco de paja y un rincón en el establo. —No es posible, idos. Mi mujer lo quiere. - !Que Dios te bendiga, hijo mío! Me voy, ya que así lo deseas; pero al menos dame una manta para abrigarme, pues estoy muerto de frío. El marido llamó a su hijo, que era todavía un niño. —Baja al establo —le dijo— y dale a tu abuelo una manta de los caballos para que tenga con qué abrigarse. El niño bajó al establo con su abuelo; escogió la mejor manta de los caballos, la más holgada y menos vieja, la dobló por la mitad, y, haciendo que su abuelo sostuviera uno de los extremos, comenzó a cortarla sin hacer caso a lo que el anciano, tristemente, le decía: —¿Qué has hecho, niño? —exclamó el abuelo—. Tu padre ha mandado que me la dieses entera. Voy a quejarme a él. —Obrad como gustéis —contestó el muchacho. El viejo salió del establo y, buscando a su hijo, le dijo: —Mi nieto no ha cumplido tu orden: no me ha dado más que la mitad de una manta. —Dásela por entero —le dijo el padre al muchacho. —No, por cierto —contestó el rapaz—. La otra mitad la guardo para dárosla a vos cuando yo sea mayor y os arree de mi casa. El padre, al oír esto, llamó al abuelo, que ya se marchaba —!Volved, volved, padre mío! —le dijo -. Os hago dueño y señor de mi casa, lo prometo por san Pedro. No comeré un pedazo de carne sin que vos hayáis comido otro. Tendrá un buen aposento, un buen fuego, vestidos como los que llevo... Y el buen anciano lloró sobre la cabeza del hijo arrepentido.
LA COSECHA
Las ramas de los árboles que bordeaban el camino se doblaban doloridas, ante el peso de tanta flor. De lejos, llegaban flotando en el cálido aire primaveral las notas alegres de una flauta. Toda la gente se había ido a los bosques, a celebrar la fiesta de las flores. En lo alto del cielo, la luna llena observaba las sombras del pueblo silencioso. El joven asceta paseaba por la calle solitaria, mientras sobre él los cuclillos enamorados lanzaban desde las ramas del mango su queja desvelada. Upagupta atravesó las puertas de la ciudad y se detuvo en la base del torreón. ¿Quién era aquella mujer tendida al pie de la muralla? Abatida por la peste negra, el cuerpo cubierto de llagas, había sido arrojada de la ciudad. El asceta se sentó a su lado, apoyó la cabeza, humedeció con agua sus labios y untó de bálsamo su cuerpo hinchado. —¿Quién eres, que así te compadeces? —preguntó la mujer.
—Ha llegado la hora en que debía
visitarte, y aquí me tienes a tu lado —contestó el joven asceta.
EL SOL Y LA NUBE
El Sol viajaba por el cielo, alegre y glorioso. En su carro de fuego, despedía sus rayos en todas direcciones. En las viñas, cada racimo de uva que maduraba robaba un rayo por minuto, incluso dos. Y no había hierba, araña, flor o gota de agua que no tomase parte. Una nube de tempestuoso humor murmuraba: —Deja, deja que todos te roben: verás de qué manera te lo agradecerán cuando ya no te quede nada que puedan robarte. El Sol seguía alegremente su viaje, regalando rayos a millones, a billones, sin contarlos. Sólo en su ocaso contó los rayos que le quedaban, y, mira por dónde, no le faltaba ninguno. La nube, sorprendida, se deshizo en granizo. El Sol se tiró alegremente en el mar. |