Agradecimiento

EL LEÓN Y EL RATÓN

 

Un día en que un león estaba dormido, un ratón pasó corriendo por su cara. El león se despertó con un rugido y atra­pó al ratón entre sus patas. El ratón, asustado, temió estar a punto de morir y suplicó por su vida.

 

—¡Por favor, grande y poderoso león, por favor, deja que me vaya! Devuélveme mi libertad y un día yo te recompensaré por tu generosidad.

 

Al león le sorprendió tanto que el diminuto, tembloroso y atemorizado ratón pensara que podría ayudar a alguien tan grande, fuerte y osado como él que soltó una gran carcajada y dejó que el ratón se fuera.

 

Algún tiempo después, cuando el ratón corría de un lado a otro entre la maleza, oyó rugir al león. Le pareció como si el león tuviera algún tipo de problema y fue a ver si podía ayudarle. El león estaba atrapado en la red de un cazador y no podía escapar.

 

—No hay nada que tú puedas hacer para ayudarme —dijo el león tristemente, al ver al ratón—. Cuando los cazadores vuelvan con sus lanzas, me matarán.

—Aún no ha llegado tu último día —dijo el ratón. Y co­menzó a mordisquear la red con sus afilados dientecitos. Pronto hizo un agujero lo suficientemente grande como para que el león pudiera salir.

—Tenías razón —dijo el león cuando los dos corrían para ponerse a salvo—. Hay veces en que los débiles pueden ayu­dar a los fuertes.

 

 

LA HORMIGA Y LA PALOMA

 

         Una hormiga sedienta, que bajó a una fuente con la intención de beber, se estaba ahogando. Pero una paloma, posada en un árbol cercano, cortó una hoja y se la tiró.

        

         La hormiga se subió a ella y se salvó. Mas un pajarero, que andaba apostado y con los lazos preparados, quería capturar a la paloma. La hormi­ga salió y le mordió un pie. El pajarero, al sacudirse, movió los lazos y entonces la paloma escapó y se puso a salvo.

Incluso los más insignificantes son capaces de proporcio­nar grandes servicios a sus benefactores.

 

 

 

LOS ENANOS MÁGICOS

 

         Había un zapatero que, a consecuencia de muchas desgracias, llegó a ser tan pobre que no le quedaba material más que para un solo par de zapatos. Lo cortó por la noche para hacerlo a la mañana siguiente: después, como era hombre de buena conciencia, se acostó tranquilamente, rezó y se durmió.

 

       Al levantarse al otro día fue a ponerse a trabajar, pero encontró encima de la mesa el par de zapatos hechos. Grande fue su sorpresa, pues ignoraba cómo había podido verificarse esto. Tomó los zapatos, los miró por todas partes y estaban tan bien hechos que no tenían falta ninguna: eran una verdadera obra maestra.

 

     Entró en la tienda un comprador, al que agradaron tanto aquellos zapatos que los pagó el doble de su precio, y el zapatero pudo procurarse con este dinero cuero para dos pares más. Los cortó también por la noche y los dejó preparados para hacerlos al día siguiente, pero al despertar los halló también concluidos; tampoco le faltaron compradores entonces, y con el dinero que sacó de ellos pudo comprar cuero para otros cuatro pares. A la mañana siguiente, los cuatro pares estaban también hechos, y por último, toda la obra que cortaba por la noche la hallaba concluida a la mañana siguiente, de manera que mejoró de fortuna y casi llegó a hacerse rico.

     Una noche cerca de Navidad, cuando acababa de cortar el cuero e iba a acostarse, le dijo su mujer:

     —Vamos a quedamos esta noche en vela para ver quiénes son los que nos ayudan de esta manera.

     El marido consintió en ello, y dejando una luz encendida, se escondieron en un armario, detrás de los vestidos que había colgados en él, y aguardaron para ver lo que iba a suceder. Cuando dieron las doce de la noche, entraron en el cuarto dos lindos enanitos completamente desnudos, se pusieron en la mesa del zapatero y tomando con sus pequeñas manos el cuero cortado, comenzaron a trabajar con tanta ligereza y destreza que era cosa que no había más que ver. Trabajaron casi sin cesar hasta que estuvo concluida la obra, y entonces desaparecieron de repente.

 

 Al día siguiente le dijo la mujer:

 —Esos enanitos nos han enriquecido; es necesario manifestarnos reconocidos con ellos. Deben de estar muertos de frío teniendo que andar casi desnudos, sin nada con que cubrirse el cuerpo; ¿no te parece que haga a cada uno una camisa, casaca, chaleco y pantalones, y además un par de medias? Hazle tú también a cada uno un par de zapatos.

 

 El marido aprobó este pensamiento, y por la noche, cuando todo estuvo concluido, colocaron estos regalos en vez del cuero cortado encima de la mesa, y se ocultaron otra vez para ver cómo los tomaban los enanos. Iban a ponerse a trabajar

 

 Al dar las doce, cuando en vez de cuero hallaron encima de la mesa los lindos vestiditos. En un principio manifestaron su asombro, a lo que bien pronto sucedió una grande alegría. Se pusieron en un momento los vestidos y comenzaron a cantar

 Después empezaron a saltar y a bailar encima de las sillas y de los bancos, y por último, se marcharon bailando.

 Desde aquel momento no se los volvió a ver más, pero el zapatero continuó siendo feliz el resto de su vida, y todo lo que emprendía le salía bien.

Índice Parabolas   Siguiente >>