Domingo 20 de Abril

                                                                         V Domingo de Pascua ( A ) – I Pd. 2, 4-9

 

P. Odilo González, c.p.

 

                                                                                                                    

1.      Pero… ¿hay piedras vivas?

·        Que yo sepa, todas las piedras son algo inanimado. Y duro. De ahí la expresión “tienes el corazón más duro que una piedra”. 

·        Pero también sé que hay piedras “vivas” gracias al artista que ha plasmado en ellas una bella imagen.  Piedras que salen de su silencio pétreo para comunicarnos un sentimiento, un mensaje.                                       

·        Podríamos decir que hay piedras que “hablan”. Y piedras rocosas que, al paso de los siglos, han ido siendo moldeadas por las lluvias y los vientos…  Y están ahí plantadas en cualquier playa o altozano para insinuarnos la belleza y grandiosidad de nuestro Creador.

 

2.      Tú puedes ser una piedra viva

·        Dice Pedro en su primera carta: “Acercándose al Señor como piedras vivas…” Y lo dice refiriéndose a ti y a mí.  Eso es tener imaginación.  Y añade: “Entran así en la construcción del templo del Espíritu”. 

·        O sea que no eres un cualquiera. En el pensamiento de Dios figuras como algo vivo y operante. ¿Cómo te sientes tú? Una cosa es que Dios te piense así y tú quieras ser otra cosa. Eso de ser libres se las trae.

·        Ya no puedes, en buena lógica,  seguir  haciendo las paces con la vulgaridad.  O la pasividad. Has de ser “piedra viva” en tu familia, tu comunidad, tu iglesia, tu grupo de oración… De “pesos muertos” está lleno el mundo. Una desgracia.

ORACIÓN

       

Oye, Jesús, eso de la piedra angular suena a pieza importante, de tal manera que si ella falla, el edificio se viene abajo. O algo así. Leyendo el evangelio me encuentro con que la piedra angular eres tú. Señal de que no puedes faltar.

           Pedro, en su primera carta, recuerda que esa piedra es “escogida y preciosa”. Y cuando la Biblia lo dice es porque es cierto. “Tú eres mi Hijo amado,  el elegido”. Así lo confirmó tu Padre del cielo.

           Pues bien, si tú eres “piedra escogida y preciosa”, con sumo gusto me apunto a ser parte de tu edificio. Sé que contigo no se va a venir abajo. Ya pueden venir vientos, rayos y tormentas. “Las fuerzas del mal no podrán vencer”.

           Es importante saber esto. Porque tu obra es zarandeada de mala manera por los poderes de este mundo. Muchos quisieran ver a tu Iglesia por los suelos, convertida en cenizas. Les molesta su voz, su compromiso con los indefensos, la denuncia de los abusos y atropellos a los derechos humanos.

            Es cierto que tu Iglesia no es cosa de ángeles o seres perfectos. A todos nos toca lidiar con los defectos y mediocridades de nuestra débil condición. Pero eso no es disculpa para que desistamos de proclamar la verdad y decir las cosas como son, sin miedo a represalias o amenazas.

            En lo que a mí toca, tengo que reconocer con pena que no soy la “piedra viva” que tú deseas de mí. Son demasiados mis silencios y complicidades. Y mis huidas. ¡Con qué facilidad me desentiendo! Y hasta a veces me uno a los que, desde el otro bando, gritan y echan piedras a mi propio tejado. Mi identidad católica queda muy desdibujada. Ni me reconozco frente al espejo.

            Aparte de todo esto, quiero decirte, Jesús, copiando a San Pedro en su primera carta, que también tú, como “piedra angular” e insustituible, puedes  convertirte en piedra de tropiezo. Eso sí que me asusta. ¿Cómo podrías tú ser obstáculo para alguien? En cualquier caso ¿quién podría tropezar contigo y estrellarse? El mismo Pedro responde: “Ellos tropiezan al no creer en la Palabra”.  ¡Ahí está el quid de la cuestión! ¡No creer en la Palabra! Que es lo mismo que no creer en ti. Retirarte la confianza. Darte la espalda. Dejarte con la palabra en la boca. Borrarte de su mapa particular. ¿Mayor tropiezo que éste? Y no en cualquiera piedra. ¡Nada menos que en la piedra angular, la que da consistencia a todo el edificio!

          Abre mis ojos, Jesús, para saber dónde poner el pie, en quién depositar mi fe, a quién entregar mi voluntad. Quiero ser esa “piedra viva” que contribuya a la solidez del edificio, que sepa estar donde le corresponde. Lejos de convertirme en piedra de tropiezo, deseo ocupar dignamente el lugar al cual me has destinado en la construcción del Reino. AMEN.

           

           

              

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