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Domingo 6 de Enero de 2008 Fiesta de la Epifanía de Jesús (A) (Ef. 3, 2-6) P. Odilo González, c.p. |
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1. Distribuye, que algo queda
· Hay cosas que se agotan. Quieres que llegue a todos, pero hay que andar con tino, no sea que se queden algunos sin su ración… · Hay también los distribuidores… Los del gas, los periódicos, los frutos del mercado… Fíjate en los distribuidores a domicilio… · Pues bien, hoy Pablo nos sorprende: “Han oído ustedes hablar de la distribución de la gracia que se me ha dado en favor vuestro”. · ¡Pablo distribuidor! ¡Lo que faltaba! ¿Pero de qué? Es distribuidor con suerte. ¡Nada menos que de la inagotable gracia de Dios! · La abundancia de Dios es garantía de que siempre habrá de sobra… Y lo más curioso: tú y yo podemos echar una mano en la tarea de distribuir gracia de Dios por donde vayamos.
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Hay gracia para rato. No temas que
el pozo de Dios se seque. El riesgo es que te seques tú. Eso sí que
sería un verdadero fracaso. Para pensarlo ¿no?
2. Unos Magos que tienen gracia
· Eso de recorrer cientos de kilómetros al ritmo de una estrella tiene su gracia. No lo hace cualquiera. Pero los Magos traían una misión: anunciar al mundo que Jesús no era exclusividad de nadie, ni por supuesto, del pueblo de Israel. · Jesús también había nacido para ellos, oriundos de países paganos y muy lejos geográficamente de la cueva de Belén. · Ellos, representantes del mundo gentil, sembraron de esperanza y universalidad los caminos estrechos del pueblo de Israel.
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¡Un Dios para todos! ¡Un Salvador de
todos! ¡Un recién nacido para alumbrar oscuridades y abrir horizontes
insospechados hasta entonces!
3. Pablo tenía razón
· Y utiliza la palabra “coherederos”, es decir, aquellos que comparten la herencia con otros. A través de algunas visiones espirituales Pablo había descubierto que también los paganos estaban llamados a participar de la Promesa de salvación. · Los Magos son una muestra. · Y lo dice sin tapujo alguno: “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo”. · Y para que esto se cumpla no tiene reparo en abrirse camino por los distintos países de Asia y Europa llevando los aires nuevos del Evangelio de Jesús. De ahí el sobrenombre con que la posteridad le conoce: el apóstol de los gentiles. |
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ORACIÓN |
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Sí, ya sé que todo es tuyo. Yo no soy dueño de nada. Y todo lo que yo pueda compartir viene de ti, no de mí. Pero me veo tan vacío que hasta me da corte andar por ahí de distribuidor tuyo. Y no es que yo no quiera. No. Se trata de que no he sido más receptivo a la hora de dejarme inundar de tu gracia, de tus benevolencias, de tus favores. De esa manera, si hubiera sido más responsable, estaría ahora más pletórico y decidido a romperme la cara por ti y volcarme decididamente a pregonar tus bondades. Pero todo tiene solución. Es lo bueno que tiene ser amigos ¿no? Mira. Lo de los Magos me está dando que pensar. Unos hombres que salen al camino dispuestos a lo que sea, a enfrentarse con el riesgo de lo desconocido, a mancharse con el sudor y el polvo, a entenderse en idiomas y culturas distintas… ¡Y todo por lo que había “detrás” de una estrella! La estrella no es más que un guía que lleva a “Alguien”. Cuando les veo llegar a Belén y arrodillarse frente a tu cuna no puedo obviar esta pregunta: ¿Por qué estos hombres, sin conocerte, con su sola presencia, te están proclamando como Salvador universal, y yo –que digo conocerte- te pongo tantos reparos a la hora de proclamarte ante mis hermanos?
Porque es cierto: me da roche ir por ahí proclamando mi fe. En un sitio reducido y privado, aún… Pero dar la cara por ti y ante gente extraña, me encojo. O simplemente, me largo. O ni salgo de casa. Ese soy yo muchas veces. Y me revienta proclamarme católico de toda la vida y hacerte, al mismo tiempo, esas escaramuzas cobardes… Es claro. Cada uno habla de lo que lleva en el corazón. Y yo me pregunto: ¿cuántas veces te he involucrado en mis conversaciones? ¿O es que no me interesa el tema? ¿Será verdad que no significas gran cosa para mí? ¿Por qué tengo tanto reparo para orar en familia? ¿No será que mi fe es algo tan anodino y escurridizo que se me va de las manos? Tantos interrogantes me asustan. Sí, Jesús. Me duele ser así. Me avergüenzo de mí mismo. Si todo bautizado está llamado a ser apóstol, estoy muy lejos de dar la talla. Soy católico, pero “entre paredes”. Si se trata de vivir y defender mi fe en público, desparezco por la puerta de atrás. Como avergonzado de mis creencias. ¿No será, Jesús, que se trata de algo postizo en mi vida? ¿Que nunca he estado convencido de la necesidad de creer en ti? ¿Que vivo tan tranquilo sin involucrarme en el asunto religioso? ¿Que la religión no deja de ser un tema para gente inculta y supersticiosa? De ser así, me río de las grandes lumbreras de la santidad. Estoy dando la razón a todos los detractores del hecho cristiano. Y estoy poniendo en riesgo mi credibilidad, porque por otra parte no dejo de guardar las apariencias “acatando” los rituales de algo en lo que tengo mis reservas. En una palabra, que soy un farsante. Quisiera ser como Pablo: hombre convencido de su fe. Y como los Magos: peregrinos en busca de una esperanza. Lejos de mí el cortarme las alas y quedarme en la ladera de la vida, dando vueltas y vueltas como una noria. Siempre en el mismo lugar. Sin avanzar. Sin ganar altura. Eso me horroriza. Por eso recurro a ti para que motives mi fe y fortalezcas mis conocidas debilidades. AMEN. |
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