|
Analizando mi vida me doy cuenta, Jesús,
de la tendencia a racionalizar todo,
someterme al imperio de la razón y dejar un espacio mínimo
y hasta ridículo para la fe.
No es que fe y razón sean enemigos irreconciliables.
Cada una tiene su campo específico.
Ambas están para complementar y enriquecer,
no para restar y pelearse.
¡Pobre de mí si llegara a convertirme en campo de batalla
entre la razón y la fe!
Eso ha ocurrido, por desgracia, a través de los tiempos.
Y todo, por querer invadirse y entremezclarse
como si cada una no tuviera
suficiente entidad para saber defenderse sola.
Yo quiero, Jesús, que me ayudes a deslindar los campos,
valorar y utilizar la razón para construir y ordenar,
edificar, reflexionar, argumentar y explicar…
En definitiva: razonar.
Y cuanto más mejor, pues si tú me has creado “razonable”
es para poder llegar al fondo de las cosas
y sacarles todo el jugo posible.
Ayúdame, por otro lado, a valorar mi fe,
saberla defender y promover,
a convertirla en motor de mi vida, buscar siempre
la mejor forma de cultivarla y hacerla florecer.
Que mi fe no me convierta en parásito
rehuyendo el compromiso con la vida y la sociedad.
Que mi fe no sea para “ocultarla” como algo vergonzante,
sino para “ponerla encima de la mesa y alumbre así a los de casa”.
Está muy claro, Jesús, que la razón tiene un límite.
Mi capacidad de raciocinio tiene techo
y es una quimera querer abarcarlo todo, entenderlo todo.
Hay realidades que se “escapan” y no pertenecen al dominio
de los razonamientos y explicaciones racionales.
Es ahí donde empieza a operar la fe;
es ahí donde uno tiene que “bajarse del caballo”
y dejar las riendas al Espíritu;
es ahí sonde el ser humano debe dejarse inundar
de las luces de lo alto y exclamar como Tomás:
“¡Señor mío y Dios mío!”
Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad,
--tu encuentro con el Padre y el Espíritu--
es cuando yo “apago” mis luces y me dejo desbordar de la tuya,
luz que disipa las tinieblas y alumbra los rincones del alma…
Ante el misterio sólo caben dos opciones: aceptarlo o rechazarlo,
nunca entenderlo.
Y tú eres misterio, el inabarcable, el tres veces Santo.
Me basta saber que eres misterio de Amor.
No quiero perderme, pues, en cábalas inútiles
blandiendo mis “porqués” al aire,
sino encontrarme con la Verdad de un Dios
que me envuelve en su infinitud.
Gracias, Jesús, por hacerme “ver” estas cosas.
Y gracias por enviarme tu Espíritu
que me “introducirá a la Verdad total” (Jn. 16,13). |