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1.
Mañana de corridas
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Primero la María Magdalena: “Fue corriendo en busca
de…” Y luego Pedro y Juan: “Corrían los dos juntos…”
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¡No era para menos! “¡Han sacado al Señor del
sepulcro!” Corrían las mujeres, corrían los hombres… Todo era
movimiento, nerviosismo, sorpresa… Y mucha incertidumbre: “¡No
sabemos dónde lo han puesto!”
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Ponte tú en su lugar y a ver qué hubieras hecho...
2.
La gran noticia
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Al fin quedó todo aclarado: “No está aquí. ¡Resucitó!”
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Pero no me resisto -antes de seguir- a preguntarte:
¿Dónde has puesto tú a Jesús? ¿Sigue en algún sepulcro? ¿En la zona
inerte de tu indiferencia? ¿En el último lugar de tus prioridades? ¿O ni
siquiera es alguien prioritario? ¿Acaso en alguna esquina de tus
olvidos?
¿Sientes que Jesús ha resucitado para ti? ¿Lo
notas? ¿Lo experimentas? ¿Lo disfrutas? ¿Lo contagias? ¿O todavía “no
sabes dónde lo has puesto?”
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En todo caso, Jesús también ha resucitado para ti.
3.
Siempre hay quien corre más
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“Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corría
más que Pedro”. No se trata de que Juan quisiera robarle el título
a Pedro. Sencillamente, Juan era más joven. Y eso se nota.
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Para buscar a Jesús hay que apostar por la juventud del
espíritu, por la frescura de un firme ideal, por la lozanía de un
proyecto de vida.
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Es cierto. Unos corren más que otros. Si estás entre los
primeros, te felicito. ¡Mantén el ritmo! Si vas un poco rezagado y tu
voluntad flaquea, no te olvides: siempre hay Alguien que te espera.
4.
Nunca es tarde
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Que lo digan San Agustín, Ignacio de Loyola, el mismo
Pablo de Tarso… Tarde, pero a tiempo.
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Cuando se trata de hallar el camino de la verdad toda hora
puede convertirse en “tiempo de gracia”. La hora de Dios es
siempre la hora exacta, aunque no coincida con la nuestra.
ORACIÓN
Dime, Jesús ¿qué sería de mí si tú no hubieras resucitado?
¿Cuál podría ser mi destino y horizonte si todo lo tuyo hubiera sido
Una fantasía y te hubieras quedado en el sepulcro?
Como bien dice tu gran apóstol Pablo,
“seríamos los más desgraciados si tú no hubieras resucitado”.
Todo el edificio se hubiera venido abajo.
Todo el Antiguo Testamento se
hubiera convertido en pura ceniza.
Tu salvación, un cuento de hadas.
Pero no. El ángel que custodiaba el sepulcro bien claro dijo:
-¡Resucitó! ¡No está aquí!
Y desde entonces la esperanza floreció;
la cruz tiene ya un sentido;
el sufrimiento, una respuesta;
la noche oscura, un dulce y claro amanecer…
Ya no quiero ser, Jesús, el eterno preguntón,
el de los “porqués” a flor de piel,
el de las quejas a todo momento y hora,
el de las pataletas por considerarme “desatendido”…
Ahora veo que muchas veces he sido niño caprichoso
que se deja llevar por infantiles reacciones
y tomado decisiones sin lógica ni fundamento…
Tu resurrección me trae una nueva luz para ver mejor
y una fuerza interior para agilizarme interiormente,
pues siento una “pesadez” enorme en mi caminar diario…
Me pesa todo: el matrimonio, el estudio,
la responsabilidad laboral, los hijos, el sacerdocio,
el compromiso bautismal, la familia, el párroco,
el vecino de enfrente, los miembros del grupo,
la visita a los enfermos, los feligreses,
el tiempo de oración, el hacerme respetar siempre…
Te necesito, pues, bien vivo y resucitado, oh Jesús,
para que me contagies de ti, de tu vida, de tu empuje y tu poder.
Quiero correr como Pedro y Juan
y ser testigo de que el sepulcro está vacío,
ese sepulcro itinerante en que a veces me he convertido,
quizás sin darme cuenta…
Quiero escuchar y enterarme de que mi “yo” egoísta y ciego,
mi “yo” autosuficiente e intolerante,
mi “yo” cruel, sordo, vanidoso e insensible…
¡ya no está aquí!... ¡ha resucitado!...
¿Verdad, Jesús, que tu Resurrección
me es más necesaria que el aire que respiro
y el agua viva y transparente que sacia mi sed?
¡Resucítame, Señor, con tu Espíritu!
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