Domingo 22 de Abril 2007

3º Domingo de Pascua (C) (Jn. 21, 1-19)

P. Odilo González, c.p.

1.     En el lugar de trabajo

 

·        No fue en el templo ni en casa alguna. A Jesús siempre le gustó el aire libre. Y si es junto al mar, mejor. ¿A quién no le va la playa?

·        Pues ahí es donde Jesús celebra su tercer encuentro con sus discípulos después de la resurrección. Precisamente ahí: en el lugar de la chamba diaria, entre redes y barcas, esfuerzos, sudores y esperas…

·        Es ahí donde el pescadito de cada noche quita el sueño a Pedro, a los Zebedeos, a Tomás y compañía…  Es ahí donde la noche se hace larga y los rictus de desánimo ensombrecen, a veces, los sudorosos rostros de aquellos curtidos hombres del Tiberíades.

 

2.     Alguien que tenía hambre…

 

·        ¡Tenía que ser “cuando no habían cogido nada”!  En ese preciso amanecer aparece un personaje pidiéndoles un pescadito para llevarse a la boca. –Muchachos ¿tienen algo para comer?  La respuesta fue tajante, rotunda, seca: -¡No!

·        Pero Jesús no se echa atrás. –Echen la red a la derecha y encontrarán.

·        ¡Es el Señor! –exclamó Juan, siempre con buen olfato-. Y aquello se convirtió en una fiesta playera donde los pescaditos asados pasaban de mano en mano bajo la mirada complaciente del recién Resucitado.

 

3.     Siempre hay fiesta con Jesús

 

·        La fiesta buena , la que empieza bien y termina mejor. Así son las fiestas de Jesús. Sobre todo cuando él invita: -¡Vengan a comer!  No salió de ellos la iniciativa. Fue él quien lanzó la idea. Como siempre, “él nos ama primero”.

·        Una fiesta con olor a Eucaristía. Todo encuentro con Jesús nutre el espíritu, es alimento que fortalece. Y no puede faltar el pan, de alta resonancia eucarística. “Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio. Y lo mismo hizo con el pescado”.  Todo es “eucaristía” cuando está Jesús.

·        Siempre dando y dándose. Todo un estilo de vida, un talante solidario, un compromiso permanente.

ORACIÓN

 

Siempre en el instante preciso.

Así eres tú, Jesús, cuando se trata de mirar por tus amigos.

Tú no eres ajeno al estado de ánimo de tus apóstoles.

Sabes muy bien que no están para bromas

después de una noche de fastidio y fracaso “laboral”

 

Cuando más necesitan de una palabra de aliento

apareces tú llamándoles “muchachos”,

un detalle que les rejuvenece y les sabe a gloria.

Además de quitarles unos años de encima

les hace abrir sus ojos cansados y somnolientos

y poder exclamar exultantes: ¡Es el Señor!

 

Sí, eres tú… el Señor, el Amigo, el Consolador,

el compañero, el “quitapenas”…

Cuando todo aparenta ser un fracaso

surges tú con la palabra oportuna, el gesto correcto,

la invitación puntual y la palmadita en el alma…

 

Nada ni nadie puede resistirse a tu voz.

¡Cuántas veces, por no querer escucharte, me sumo

en el desaliento y el derrotismo!

¡Cuántas horas de no hacer nada

pensando que mi vida es un fracaso sin remedio!

Y todo por no volver mis ojos hacia ti

y encerrarme en el silencio de mis noches…

 

También hoy, igual que a tus apóstoles,

me pasas tu invitación: ¡Ven a comer conmigo!

¡Ven a festejar nuestro encuentro!

¡Ven a reforzar tu fe y confianza en mí!

¡Sal de tu sepulcro y empieza a respirar el aire puro

de la amistad y la esperanza!

¡Ven a la fiesta que quiero celebrar contigo

en el lugar de tus desencantos.

 

Gracias, Jesús, por tu presencia en mis caminos…

¡Gracias por volverme a la vida!

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