Domingo 15 de Abril 2007

2º Domingo de Pascua (C) (Jn. 20, 19-31)

P. Odilo González, c.p.

1.     Jesús siempre tiene sorpresas

 

·        Lo dejó para después de su Resurrección, el momento más oportuno para hablar de la vida. El perdón es vida. “A quien ustedes perdonen, queden perdonados”.

·        Así, de manera clara y tajante, confiere Jesús a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados. Pero no un poder que nace de ellos sino del Espíritu. “Reciban el Espíritu Santo”.

·        He aquí el exquisito fruto de la Pasión y Resurrección de Jesús, la gran sorpresa reservada por Jesús para aquel atardecer de Pascua.

 

2.     La dificultad de creer

 

·        Creer en Jesús no es una fórmula sino una adhesión profunda a su persona total. Una fe inconsútil, sin fisuras, de una sola pieza (como la túnica que se rifaron los soldados al pie de la cruz).

·        Hay quienes aceptan partes o trocitos del mensaje de Jesús, pero tienen sus reservas o dudas respecto a otras. Lo cortan en pedacitos y se quedan con lo que más les conviene. A gusto del consumidor…

·        Aceptan a Jesús en el Bautismo, la primera Comunión, la Confirmación (y si hay padrinos venidos del extranjero mejor), pero le ponen reparos o, simplemente, no lo aceptan en la Confesión o Matrimonio. Es decir, “luz verde” por un lado y “prohibido el paso” por otro.

·        ¿Acaso se trata de algún “doble”  o de un Cristo roto y fracturado? ¿Será ese el verdadero Cristo? En el fondo existe un auténtico y preocupante problema de fe. Cuesta aceptar a un Cristo entero, sin descuentos o rebajas, como si de Wong o El Corte Inglés se tratara…

 

3.     Tomás, uno de tantos

 

·        La fama se la lleva él, pero su “falta de fe” nos salpica a todos. ¿A quién no? Eso de “si no lo veo no lo creo” es como una rutina que se nos pegó al alma. Olvidamos que la fe no es evidencia sino fiarse de alguien incluso sin entender nada.

·       Tomás fue sincero, leal, humilde… La negativa inicial se convirtió en una súper-afirmación solemne y definitiva: “¡Señor mío y Dios mío!”.  Ahí quedó zanjada la cuestión. La nube dejó paso a un sol radiante. ¡Ojalá que esa luz pascual disipe tus dudas y temores!

ORACIÓN

 

Señor Jesús, me he dado cuenta de un detalle:
pareciera que nos gustas más en la cruz que en la Resurrección.
¿Será porque tenemos más experiencia de sufrimientos
que de gozos y alegrías…
porque las cruces pesan más en la vida
que los momentos de dicha y esperanza…?

Nos sentimos en mayor medida asociados a ti
en el camino duro del calvario.
Nos vemos mejor reflejados en tu rostro maltrecho
que en el fulgor de tu resurrección;
nos reconocemos mejor en tu cuerpo llagado
que en tu cuerpo glorioso y resucitado;
sintonizamos con más hondura con tu alma dolorida
y no tanto con glorias y aleluyas…

Por eso se nos va más el corazón al Crucificado
que al Resucitado… ¿te das cuenta?
Eres el mismo, pero desde distinto ángulo.
Y preferimos la “hora de la tiniebla”, no la de la luz.
De ahí saco una conclusión:
nuestra religión es más triste que alegre,
tiene más aires de calvario que de sepulcros vacíos,
más tardes de “viernes santos” que de “mañanas de resurrección”.
Y así se nos van los años con la mirada puesta en la cruz.
Nos encasillamos ahí y no damos el siguiente paso:
¡de la cruz a la luz!
¡de la muerte a la vida!

Por eso, Señor Jesús, los cristianos tenemos
tan poca cara de resucitados;
por eso nuestros cultos parecen más un lugar para el “pésame”
que para un abrazo de pascua…
Damos la impresión de que nuestras liturgias
son más para los muertos que para los vivos…
¿Acaso nos gusta más la muerte que la vida?
¿Será que la “civilización de la muerte” va ganando terreno
a la “civilización de la vida”?

De verdad, Jesús, que me preocupa todo esto.
Y me siento culpable de la parte que me toca en esta situación.
¿Qué estoy haciendo para que esto cambie?
¿O prefiero seguir al margen, paralizado en la cuneta de la indiferencia?
¿Seguiré culpando a otros de la parte que me corresponde a mí?
¡Despiértame y resucítame, Jesús!

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