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Fiesta de la Ascensión (C) (Lc. 24, 46-53) P. Odilo González, c.p. |
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ORACIÓN
¡Cuántas veces pensé, Jesús, que yo lo podía todo, el prepotente, el autosuficiente… y me di de bruces con la piedra del camino! O, simplemente, desfallecí ante las primeras dificultades de la jornada. Y ahora me doy cuenta de que sin ti “no puedo hacer nada”.
Es verdad: sin tu Espíritu es como dar palos al aire, pisar en el vacío y exponerse a la esterilidad. Para evitar este riesgo a tus apóstoles les dices bien claro antes de partir: “Quédense en la ciudad hasta que se vean revestidos de la fuerza que viene de arriba”.
En efecto, dentro de unos días recibirían el Espíritu Santo para fortalecerles en su gran misión evangelizadora. Así sí. Con la fuerza del Espíritu todo será posible. No habrá fuerza ni poder humanos que les puedan detener.
Después de tu ascensión al cielo los apóstoles “volvieron muy alegres” a Jerusalén. ¡Cómo no! Como niños con zapatos nuevos se fueron al templo y allí todo era alegría, alabanza y júbilo imparable. Ya presentían de alguna manera la emoción del Espíritu que tú les ibas a enviar.
¡Qué bueno, Jesús, que ese mismo Espíritu pueda apoderarse de mí y convertirme en fuego permanente para arder y calentar por donde pase! Eso quiero ser, Jesús: llama, fuego, brasa, pura candela en los desiertos de la vida y del solitario caminar de tantos hombres y mujeres que se debaten entre el frío de las noches y las heladas de tantos amaneceres sin amor…
Ya no quiero ser el fanático caminante que quiere bastarse a sí mismo. Siento muy dentro de mí una invitación a dejar llenarme de ti para poder ofrecer algo valioso a mis compañeros de camino. Sólo así estará justificada mi existencia. Sólo así merece la pena vivir. *** |
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