DOMINGO 28 ENERO 2007

4º tiempo ordinario (C) (Lc. 4,21-30)

P. Odilo González

1. Revolución en Nazaret

 

• Aquel sábado en Nazaret no iba a ser como los demás. El “poder del Espíritu” que embargaba a Jesús le iba a jugar una mala faena… Cuando Jesús afirmó que las profecías leídas en la sinagoga se referían a él, una parte del público lo tomó a mal y le sacó a relucir su humilde cuna, o sea… ¿por quién te tomas tú?

• Y Jesús aprovechó para decirles unas cuantas verdades, entre ellas una que pasó a la historia: “Ningún profeta es bien recibido en su casa”. Lo cierto es que quisieron botarlo por un barranco (¡brava se puso la cosa!) pero Jesús, “pasando por en medio de ellos, siguió su camino”.

• Poco duró su estadía en el pueblo, en su Nazaret querido. Allí se quedaron María y José, sorbiendo el trago amargo de aquella triste e inesperada despedida y aguantando la lluvia de comentarios que las palabras de Jesús habían ocasionado.

 

2. ¿Por qué se molestaron en la sinagoga?

• Los judíos esperaban un Mesías, un Salvador, pero a lo grande. ¡No un cualquiera… un hijo del carpintero… un vecino de la última calle del pueblo…! Y Jesús no dejaba de ser eso. ¿Cómo se atrevía, pues, aquel joven de treinta años a considerarse como el Ungido de Yahvé?
• He aquí la profecía de Isaías que Jesús afirmaba cumplida en él:

“El Espíritu del Señor está sobre mí.
El me ha ungido para traer la Buena Nueva a los pobres,
para anunciar a los cautivos su libertad
y a los ciegos la vista;
a despedir libres a los oprimidos
y a proclamar el año de gracia del Señor”.

• Palabras en sí mismas muy correctas, pero no para que Jesús –un vecino más—se las apropiase tan alegremente. ¡Qué se habrá creído el hijo de José!

3. La respuesta de Jesús

• Ante la reacción de sus vecinos, Jesús no se encoge ni se calla. Aprovecha la oportunidad para decirles lo que considera justo en aquel momento. Y les recuerda las veces que el Pueblo de Israel se cerró a la acción de Dios y éste tuvo que derivar su acción benéfica hace gente “extranjera” y pagana… Es decir, por la incredulidad de los de “casa”, Dios favoreció con sus milagros y maravillas a gente “oficialmente” atea… (Siria, Sidón…)
• Esto les enfureció terriblemente a sus oyentes (los de “casa”) hasta tal punto que “lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte… con intención de despeñarlo”. No sé si Jesús calibró la “gravedad” de sus acusaciones… Lo cierto es que soliviantó de tal modo a sus vecinos que hasta puso en riesgo su vida…

ORACIÓN

 

           ¡Buena la hiciste, Jesús! Siempre metiéndote en problemas… ¿Acaso no conocías a tus vecinos de Nazaret? Eran campesinos, gente trabajadora, quizás con los estudios primarios incompletos… Pero te olvidaste de algo importante: en su cabeza no entraba ¡ni mucho menos! la imagen de un Salvador salido de las últimas capas sociales de su país… Eso hubiera sido un desprestigio. Un Mesías, sí, pero un Mesías como Dios manda.

          Y sales tú y sueltas muy ágil de huesos: “Hoy se cumplen las profecías que acaban de escuchar”. ¡Lo que faltaba! ¡El hijo del carpintero arrogándose títulos y proyecciones bíblicas sostenidas por Isaías hacía ocho siglos! ¡Qué te has creído! Yo sé que lo pasaste mal, sobre todo cuando empezó a correr la idea de arrojarte por el barranco… No se te pusieron los pelos de punta, pero sí que una corriente de nerviosismo empezó a subir, subir… ¡qué momentos!

           Fuera bromas, te arriesgaste, Jesús. ¡De verdad! El riesgo, el peligro te va. Has nacido para luchar y vencer, para amar y salvar, para liberar y perdonar… ¡Eso es lo tuyo! Me siento orgulloso de ti. Y no concibo mi vida sin ti, sin tu coraje, sin esa fuerza interior que trasladas a tus seguidores.

            Quiero hacer mío, Jesús, tu programa. En primer lugar, ser ungido para proclamar tu evangelio. ¡Ya estoy ungido por el aceite crismal del Bautismo! ¡Es mi derecho anunciar la Buena Nueva! Nadie me lo puede impedir. Así ayudaré a mis hermanos a recobrar la vista, la libertad, su dignidad humana…  

             De esta manera estaré colaborando, palmito a palmito, a que mi pueblo florezca en esperanza y las promesas de justicia no se queden en papel mojado… Envíame tu Espíritu, aquella fuerza que tú tienes, porque el cansancio es mi mayor tentación. Lo mismo que tú venciste, haz que tus seguidores de hoy y de mañana seamos valientes testigos en el mundo de hoy. 

            Y échame una mano para que sea capaz de aceptar y valorar a los de “casa”, a lo que tengo a mi alrededor, a las personas humildes y sencillas de mi pueblo, de mi barrio… Que no esté perdiendo el tiempo esperando que las soluciones a mis problemas tengan que venir siempre de fuera, como si lo de lejos fuera mejor. ¡Qué equivocado estoy cuando no aprecio lo de cerca y suspiro por lo desconocido por creerlo más importante!

             Tus vecinos de Nazaret suspiraban por “alguien más importante” y no se daban cuenta de que lo tenían allí, ante sus narices… En vez de alegrarse y llevarte en palmas y felicitar a Isaías por su buen ojo,  te llevan en dirección contraria hacia el barranco del pueblo… Menos mal que saliste airoso de la furia popular y conseguiste escabullirte “abriendo paso entre ellos y alejándote…” (Lc. 4,30).

              Lo  interesante de todo esto, Jesús, es que has iniciado tu “vida pública” y te esperan momentos inolvidables. Me alegro por ti, por mí y por todos los que saben apreciar lo que vales y significas tú. Y lo más curioso: tú siempre estás en casa, en nuestra casa, en la casa de todos. AMEN.

Otros Domingos, enviados por el P.Odilo González (PERÚ)

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