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Domingo 23 de Diciembre 2007 4º Domingo de Adviento (A) (Rom. 1, 1-7) P. Odilo González, c.p. |
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Señor Jesús, ya estoy caminito de Belén, en el último trecho como quien dice. Dentro de unas horas estaré contigo en la cueva. Llevo mi lámpara encendida para verte mejor. No seré el primero que llegue, por supuesto. Ya los ángeles me habrán cogido la delantera. Con eso de que son espíritus puros y vuelan, no hay quien les gane. Mientras llego y recorro los últimos metros, tengo tiempo para hojear la carta que tu apóstol Pablo escribió a los romanos. Se refiere a ti, nacido como hombre y constituido Hijo de Dios. ¡Demasiado! O sea que naces como cualquier hijo de vecino, para parecerte más a los “desterrados hijos de Eva”, pero según el Espíritu te conviertes en el Diosito que todos queremos y necesitamos. Todo esto, amigo Jesús, me fascina. Verte tan igual a mí y, al mismo tiempo, tan “diferente” y sublime…
Hay algo que Pablo resalta en su carta. “Que todos los gentiles respondan a la fe”. Es decir, los paganos, los “de fuera”, los que nunca han oído tu nombre… Tú naciste en el “pueblo escogido”, pero tu salvación es para todos. Ya no puedo vivir tranquilo y satisfecho con mi fe a solas. La tengo que contagiar y proyectar hacia los demás. Y en la medida en que lo haga, mi fe será más sólida y convencida, más creíble y contagiante. Uno de mis “pecados” ha sido precisamente querer vivir mi fe como si los demás no existieran, como si la fe de cada uno fuera un reducto inexpugnable, que no tiene nada que ver con la fe del hermano. Horrible ¿no? Y así tantos años con aquello tan egoísta y anticristiano de “sálvese quien pueda”… ¡Qué linda frase aquella de “hemos de salvarnos en racimo!”. Como familia, como comunidad, como pueblo.
¡Qué lejos estoy de ese
compartir y saborear juntos este tesoro maravilloso de la fe! ¿Será que no la aprecio, que no la considero interesante y merecedora de un destino común? ¿O será que mi fe es tan lánguida que no llega a motivarme y hacerla patrimonio de los demás? ¿Por qué, Jesús, tanta dificultad para expresar mi experiencia de fe en comunidad, en familia, en grupo? ¿O seré de aquellos que opinan que la fe y la religión deben reducirse a algo privado y personal? Porque de todo hay. San Pablo tenía las cosas muy claras: “Por él hemos recibido este don y esta misión”. Te involucra a ti. Tú, Jesús, eres el “culpable” de que él se sienta impelido a proclamarte a los cuatro vientos. Para Pablo la fe es el aguijón que le empuja a salir a los caminos. Con todos los riesgos y consecuencias. “Sé de quién me he fiado”, decía él.
Y en esta tarea nadie está excluido. Pablo no se anda con paños calientes a la hora de comprometer e incentivar a los llamados por ti: “entre ellos están también ustedes, llamados por Cristo Jesús”. No hay vuelta de hoja: me lo está diciendo a mí. Yo, como creyente y bautizado, si no quiero ser un paria o traidor, he de asumir mi responsabilidad de proclamar mi fe allí donde me encuentre: en mi trabajo, en mi familia, en mis momentos de ocio y diversión. Ya ves, Jesús, lo que se me ocurre decirte antes de asomarme a la cueva. Creo que es lo mejor que puedo ofrecerte. Quiero sentirme acompañado por todos aquellos que todavía no han visto la “estrella”, que no saben nada de ti y se mantienen en el “país de las tinieblas”.
Sería formidable que todos
ellos pudieran disfrutar de este momento en que los ángeles entonan el
“Gloria a Dios en las alturas”. Que también ellos pudieran celebrar la Navidad y sacarse una foto con los Reyes Magos que ya están en camino… Dentro de unas horas estaré contigo. Nos vemos. |
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