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Domingo 11 de Marzo 2007 3º Domingo de Cuaresma (C) (Lc. 13, 1-9) P. Odilo González, c.p. |
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2. ¿Qué piensas de tu vida?
3. ¿Cuánto tiempo más de espera?
ORACION
Hay algo, Jesús, que siempre me ha impresionado: el saber esperar. Espera la madre que su hijo/a regrese a su hogar. Espera el enfermo recobrar la salud. Esperan los esposos recomponer su matrimonio en crisis. Esperan los hijos que sus padres acaben de una vez con su “guerra fría” (o caliente, depende). Espera el recién egresado encontrar trabajo, etc… Si nos fijamos un poco, todo es espera. Como si la esperanza fuese el eje de la vida, como si sin ella nada tuviese sentido.
Así es, Jesús. Y lo más lindo es que también tú sabes esperar. ¡Qué bueno! Eso me reconforta y me llena de alegría. ¿Sabes por qué? Porque sé que también me esperas a mí. Esperar es una forma de amar. Si tú me sigues esperando es porque me amas. Así de sencillo.
Pero, Jesús, ¿por qué esperarme tanto…? ¿Qué es lo que ves en mí que merezca tanto tu atención? ¡Ya lo sé! Tú esperas a que yo despierte de mi sueño para empezar a vivir mi Bautismo como a ti te gusta. Esperas a que yo dé un giro a mi vida, pues tal como va, me voy al hoyo. Esperas a que yo reaccione y me dé cuenta de que vivir de apariencias es lo más estúpido que puede haber. Estás a la espera de que yo dé el primer paso para ese abrazo de reconciliación que tú sabes, porque de lo contrario llegaré a viejo con un feo tumor en el alma. Esperas a que yo rompa de una vez con ese “amor prohibido” que se me coló en el alma, porque por ahí no sabré nunca lo que es ser feliz en la vida. Aguardas, Jesús, con impaciencia a que yo comience una vida espiritual en serio, porque lo que es hasta ahora no deja de ser un barniz que no convence a nadie ni a mí mismo. Esperas con ansia a que yo deje de andar arrastras en las cosas que se refieren a ti, porque eso significa que soy un peso muerto. ¡Y yo que estoy llamado a vivir y ayudar a vivir!
Tengo una familia, tengo una comunidad, tengo un grupo que me están esperando. Siento que soy importante, aunque no imprescindible. Y me está entrando el gusanillo del remordimiento… ¿A cuántos que confiaban en mí he defraudado? Y a ti concretamente ¿cuántas veces te he dejado con la palabra en la boca? ¿Cuántas “noches” has dormido a mi puerta esperando una respuesta y un gesto de acogida? Tu evangelio (tu Buena Noticia) de hoy revuelve mis seguridades y me lleva a preguntarte: -¿No estarás, acaso, cansado de tanta espera? ¿No habrá llegado el momento de “cortar el árbol seco” para que no siga ocupando un lugar inútil? Con toda razón podrías tomar el hacha. Pero sé que tu paciencia y tu misericordia brillan más que tu justicia. Y eso me salva. No has perdido la esperanza de que este pobre arbolito se recupere y llegue a producir los frutos deseados. Yo sé que tú sabes esperar, porque tú eres amor. ¡Gracias, Jesús, porque sabes y quieres esperar! Eres un cielo. |
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