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Domingo 18 de Noviembre 2007 33º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 21, 5-19) P. Odilo González, c.p. |
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1. Como para asustar a cualquiera · No es para menos. Hablar de terremotos y guerras, persecuciones y cárcel, hambres y epidemias… no es plato de buen gusto. Pero Jesús lo hizo. Como debe ser. ¿Para qué ocultarlo? · Esa es la realidad. Y no hay que esperar a que venga. Ya ha llegado. Basta con echar un vistazo a la actualidad mundial. Suficiente con abrir el televisor y encontrarnos con un mundo fracturado y convulsionado. · La madre naturaleza, tan vilmente tratada, responde agresivamente y a su manera frente a los ataques de que es objeto. Los pueblos divididos y peleándose entre sí por causa de ambiciones de poder. Miles de muertos por el hambre a lo largo y ancho del planeta… · Una situación global que clama al cielo e invita a una seria y urgente reflexión. Y a tomar medidas según la responsabilidad de cada cual.
2. ¡Cuidado con los “aprovechados” de turno! · Siempre existen los que explotan las situaciones de pánico para convertirse en salvadores. Por eso Jesús previene: “¡Cuidado con que nadie les engañe!” El miedo y la inseguridad son los mejores aliados para dejarse embaucar por gente desaprensiva y oportunista. · Las palabras de Jesús son tranquilizadoras: “Eso tiene que ocurrir primero; el final no vendrá enseguida”. Es decir, no perder la calma, tiempo al tiempo, dejar que las cosas sigan su curso, no desesperarse ni jalarse de los pelos… · Y cuidado con aquello de “río revuelto, ganancia de pescadores”. El que salva es Jesús. Y Jesús está en su Iglesia. “Estaré con ustedes hasta el final del mundo”. No hace falta andar llamando a puertas extrañas para encontrar la paz y el sosiego en medio de la prueba.
3. También va para los calvos · Lo dijo Jesús. No excluyendo a nadie, por supuesto. Ni a los pelachos. A Jesús hay que entenderlo en clave, podríamos decir, de humor. “Ni un cabello de su cabeza se perderá”. A buenos entendedores, pocas palabras. · Y añade algo que es sustancial y básico: “Con su perseverancia salvarán sus almas”. Perseverancia en tu fe católica, perseverancia en tu esfuerzo diario, perseverancia en tu compromiso bautismal-eclesial, perseverancia en tu proceso de conversión. · Es reconfortante escuchar estas palabras de ánimo. Cuando todo pareciera catastrofismo y bancarrota, se agradece que haya alguien (con toda credibilidad y poder) que nos sirva en bandeja unas palabras de confianza en nuestro futuro.
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ORACIÓN |
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Oye, Jesús ¿a ti te gusta que te llamen Señor? Te lo pregunto, no porque tenga dificultad en llamarte así, sino por lo del título. Ya sabes que entre nosotros se estila decir así, pero con un significado diferente. Es una manera de demostrar respeto, consideración, etc. a una persona. También tú mereces nuestro respeto y aprecio. Pero hay algo más profundo, algo que te distingue. El llamarte “señor” a ti implica mucho más. Es como llamarte “dueño”, “amo”, “propietario”. En una palabra, que tienes dominio sobre mí. Eso significa “dominus” = señor. Disculpa esta digresión inicial, pero viene muy bien para aclarar lo que te voy a decir. Yo te pertenezco. Soy tu propiedad. Y no sabes lo guay que me siento al hablarte y sentirte así. Me encuentro seguro en tus brazos, en tus labios, en tu corazón. El saber que soy parte de ti, me emociona un montón. Tú lo sabes, aunque a veces no te lo demuestre demasiado… Ando tan despistado que se me va la cabeza a otras cosas y pertenencias menos interesantes… Cuando me hablas en el evangelio de hoy de persecuciones y catástrofes, lo haces con una exquisitez enorme, como no queriendo herir o asustar. “Esto tiene que ocurrir; el final no vendrá enseguida”, dices. Y das paso a una linda advertencia, nacida de tu preocupación e interés de que no me pierda. “¡Cuidado de que nadie les engañe!”. A esto se llama prevenir, que es una manera de amar. También te refieres a algo que se da en un mundo como el nuestro: la traición. Pero no la traición de los enemigos, de los extraños, de alguien desconocido, no. “Incluso serán traicionados por sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos”. Esto ya es otra cosa. Extraño ¿no? Pero cuando tú lo dices… Se ve que el tener la misma sangre no inmuniza contra la traición y el desamor. Sólo pensarlo da grima. ¿Cómo puede un padre traicionar a su hijo, o viceversa? ¿Cómo un hermano puede meter el puñal rastrero y cobarde a su hermano? ¿Cómo unos esposos pueden llegar a negarse mutuamente, a “desconocerse”, como si nunca hubieran saboreado lo que un día les unió y les llevó a un compromiso ilusionado? Son preguntas que yo quisiera borrar al instante, pero las dejo ahí como parte de una realidad que no se puede obviar. Tú no dices una cosa por otra. Y si lo afirmas, es porque a ti también te hizo sangrar la vil traición del “amigo” Judas… y otras traiciones que tú y yo sabemos. Ya para terminar, te agradezco las palabras de ánimo para momentos de persecución a “causa de tu nombre”. Hay diversos motivos para ser perseguido. Cuando hay delito de por medio, pues nada. Lo has merecido. Pero hay otra clase y otros motivos de persecución, agresión o violencia. Me refiero al compromiso y consecuencias de luchar por la justicia, de denunciar el mal y la corrupción. Ese compromiso, si es serio y perseverante, puede llevar a situaciones de riesgo para tu vida e integridad. Pero vale la pena. “Así tendrán ocasión de dar testimonio de mí”. Gracias, Jesús, por estar al acecho y no permitir que “ni un solo cabello se perderá”. Gracias por ser mi SEÑOR. ¿Si tú estás conmigo ¿quién contra mí? No lo olvides. Te pertenezco. ***
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