Domingo 4 de Noviembre 2007

31º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 19, 1-10)

P. Odilo González, c.p.

  1. Cuando pica la curiosidad                      

 

·        Tan sólo quería distinguir a Jesús. Verle, al menos, el tipo. Había oído hablar de él. ¡Y qué mejor ocasión que aquella mañana!  Y esperó.

·        Enseguida las calles de Jericó acogieron la algazara que acompañaba al Maestro. Zaqueo, midiéndose a sí mismo,  se percató enseguida de que su metro sesenta no era suficiente para gozar de una espléndida vista y arañó el primer árbol que se encontró a mano.

·        ¡Así sí! Ahora ya podría ver sin ser visto. Porque a Zaqueo no le interesaba conversar con Jesús ni que él le viera. ¿Para qué? Lo suyo era tan sólo grabar en sus pupilas la figura de aquel popular galileo. Nada más. Nada que le comprometiera.

 

1.     El tiro por la culata

 

·        No esperaba que Jesús fuera tan “vivo” e “inoportuno”… -“Zaqueo, baja de ahí, que quiero hospedarme en tu casa”.  Eso de autoinvitarse suena  feo. Y Jesús lo hizo. Además, a la casa de un “pecador público” (jefe de cobradores de impuestos, con la fama que tienen…)

·        Pero Jesús iba a lo suyo. Aquella oveja perdida también era hijo de Dios. Y lo curioso fue que Zaqueo “bajó enseguida y lo recibió muy contento”.  Como si ya todo estuviera programado. Y no. Aquello fue una auténtica novedad.

 

2.     La “comidilla” de la gente

 

·        “¡Mira ese…! Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. Diera la impresión de que a Jesús le gustaba provocar. Sabía muy bien a lo que se exponía. Pero el amor es tozudo y pasa olímpicamente de las críticas. Y consiguió su objetivo.

·        “Mira, la mitad de mis bienes para los pobres. Y si me he aprovechado de alguno, le devolveré cuatro veces más”.  ¿Qué pasó en el alma de Zaqueo? Tan pronto Jesús pisó la casa, aquel lugar se llenó de luz. Una nueva visión de las cosas. Un cambio interior.

·        Las críticas habían cesado. Todo era silencio. Y fue cuando Jesús, abarcando con su mirada al sorprendido auditorio, añadió: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.

3.     La importancia de un encuentro

 

·        Pero no superficial. Como tantos que has tenido. Como Zaqueo, necesitas tratar de distinguir a Jesús en ese mar de preocupaciones, vanidades y ofertas baratas… Tú necesitas encontrarte contigo mismo. Y en esa soledad interior, escuchar el susurro de una voz amiga: “También quiero hospedarme en tu casa”.

·        Es la voz que tú necesitas escuchar, la amistad que te falta por disfrutar, esa mano que estrechar…  ¡Has perdido, quizás, tanto tiempo buscando fuera lo que tenías dentro…! Es Jesús que quiere hospedarse en tu casa, no en la esquina de la calle, o en el bingo, o en el nigth club, o… Él busca el silencio de tu conciencia, que es donde tú tienes ciertas dificultades de aterrizar y te sientes incómodo.

·        También Jesús busca en ti el momento de exclamar: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.  A tu casita desordenada y refugio de soledades, a ese nido de insatisfacciones y suspiros en que te debates hace tanto tiempo… ¡Prueba! Se lo vas a agradecer.

 

ORACIÓN

     Oye, Jesús, ¡lo que son las cosas! Si Zaqueo hubiera sido un grandullón no hubiera tenido necesidad de subirse al árbol y tú hubieras pasado de largo… Ya ves: el ser chatito tiene sus ventajas. Una de ellas: subirse al árbol. Y fue la manera de llamar tu atención. Sin él pretenderlo.

     ¿Cómo te las arreglas para que no se te escape nada? Tus ojos de lince lo alcanzan y abarcan todo.  Cada vez que me imagino la cara de Zaqueo aquella mañana me lo paso bomba. Todo un festival de colores y expresiones a cada cual más variadas. Curiosidad por querer verte… sorpresa por verse descubierto… atónito por querer ingresar en su casa… molesto por las críticas del vecindario…arrepentido de sus fechorías… feliz por el cambio de su vida… ¡Lástima de fotógrafo!

     Cuando yo pienso en mi estatura moral también me salen los colores, no pienses. Y tú lo sabes. Lo que pasa es que me he acostumbrado y ni reparo en ello. Pero en el fondo me encuentro ridículo. Podía haber crecido más y me he quedado enano. ¡Qué importa que físicamente dé la medida si por dentro soy una miniatura!

     Necesito, pues, subirme al árbol de la cordura y la sensatez para descubrir la urgencia de un desarrollo integral. Al árbol del sentido común y la coherencia para percatarme de mis contrasentidos y autoengaños… Al árbol de la fe y la entrega para medir la talla de mi compromiso cristiano. Que no todo se me vaya por la disculpa fácil y la tapadera cobarde…

     Aquel día amaneció para Zaqueo como la hora de su vida. Hasta entonces había sobrevivido en la trama de su vida diaria y los cobros de los impuestos… Pero no era feliz. Faltaba algo. Y fue entonces cuando decidió “salir al camino” y respirar más hondo. Y fue cuando apareciste tú, el infatigable  caminante… Y le llamaste por su nombre. Y te hospedaste en su casa. Y confesó públicamente sus deslices. Y tu luz inundó los espacios, hasta entonces oscuros, de aquella lúgubre mansión de Jericó.

     Ven a “mi casa”, Jesús. Y que no haya un solo rincón a donde no llegue tu luz y tu palabra salvadora. Es llegada mi hora. Ya estoy cansado de esconder lo que ya no puede seguir oculto. Es el momento de descerrajar esas puertas malditas que impiden que entre el sol y el aire fresco. Ha sonado la hora de mi liberación. Y quiero que grites muy fuerte y que lo oigan todos: “¡Hoy ha llegado también la salvación a esta casa!”

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