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Domingo 4 de Marzo 2007 2º Domingo de Cuaresma (C) (Lc. 9,28-36) P. Odilo González |
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No sé qué tenías tú, Jesús, para que
Pedro y compañeros cayeran rendidos de sueño cuanto Sin ir más lejos, en el evangelio de hoy. ¡Y no digamos nada en tu oración del huerto! Es como si no tuvieran nada que ver contigo, que eso de orar no iba con ellos, que era cosa tuya y que ellos preferían mantenerse al margen… ¡qué sé yo! Claro que no lo digo en plan de acusar o juzgar. Porque, conociéndome como me conozco, también yo sé de esas “sesiones” en que Orfeo me acaricia los párpados y me dejo columpiar en sus brazos… Lo que quiero decirte es la facilidad con que te dejo de lado, el poco esfuerzo que hago para mantenerme en vela y mantener un contacto lúcido y activo contigo. Cualquier cosa me distrae, al mínimo cansancio presento mis disculpas, cualquier excusa me vale para rehuír la oración… Lo bueno de Pedro fue el dulce despertar. Estaba muy lejos de imaginarse tanta luz en la cumbre del Tabor. Tan pronto abrió sus ojos comenzó a disfrutar de un festival de paz y gozo exquisitos, se sintió tan bien contemplándote radiante que no se le ocurrió otra cosa que querer hacerse con un lote y construirse unos tambitos… Trato de entender a Pedro. Yo hubiera hecho lo mismo.. ¡Cómo se pueden desperdiciar ocasiones como ésta para adivinar lo que será el cielo! Pero pronto cambió el escenario y de una nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, escúchenlo”. Allí seguías tú, Jesús, pero ya con apariencia normal, el de siempre, como señalando el camino hacia lo cotidiano. Pero con un nuevo mensaje de parte de tu Padre. ¡Tengo que escucharte, Jesús! Esa es la “novedad” que brota de tu evangelio de hoy. Sí, Jesús, cuántas veces hago que te escucho, pero tus palabras resbalan y me quedo tan árido… ¡Cuántas veces llega a mis oídos “Palabra del Señor” y respondo mecánicamente “Te alabamos, Señor”…! Y si me preguntan qué acabo de escuchar, tendría que responder lleno de vergüenza que no he escuchado nada. Así de sencillo. Y así de lamentable. Estoy más atento a cualquier palabra de la tele o del amigo de turno o a mi celular. (A todo esto ¿qué piensas de los/as que mantienen el celular activado en las celebraciones de culto? ¿Tú crees que van para escuchar tu Palabra?) Presto más atención a la palabra de los hombres, a los chismes, a los dimes y diretes… Pero… ¿tu Palabra? La tuya duerme tranquila en la Biblia o en alguna banca de la iglesia, pero no llega a interrumpir mi “sueño”, no llega a cuestionarme porque sencillamente no la tomo en cuenta. O, al menos, no le doy la prioridad. Por eso, Jesús, es el momento de rectificar errores, afinar el oído, sensibilizar la conciencia y poner cada cosa en su sitio. Que la luz del Tabor me llegue también a mí y me alumbre para reorientar mis prioridades. Entonces es cuando podría decir que estoy listo para seguirte de verdad. |
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