Domingo 7 de Octubre 2007

27º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 17, 5-10)

P. Odilo González, c.p.

1.   ¿Qué es eso de la fe?

 

·        Algunos dicen: “He perdido la fe”. ¿La han tenido alguna vez? Y si la tuvieron ¿en quién o en qué? ¿Se puede dejar de creer así como así? ¿Se deja o se recupera según los estados de ánimo?

·        La fe es adhesión a una persona, no un manojo de rituales o costumbres. Se puede, por ejemplo,  hacer el rito o darse un abrazo sin fe. Por inercia o costumbre. Podrías preguntar a alguien: “¿Crees de verdad en lo que estás haciendo?” Y te miraría con ojos de búho…

·        La fe, en términos cristianos, es aceptación del mensaje y del mensajero. Lo que pasa es que a veces creemos en el mensaje y no en el mensajero. “Como predique fulano de tal, ya no lo creo”. Aunque el mensaje sea pera en dulce.

 

2.   Creer sí, pero ¿en quién?

 

·        Hay distintos niveles de fe: la fe en las personas (una fe natural y espontánea). Y la fe en Cristo (la fe cristiana). Y, cómo no, la fe en la Iglesia.

·        De hecho, la fe en las personas puede sufrir altibajos y hasta desaparecer. Porque las personas pueden fallar.          

·        La fe en Cristo, si es verdadera y profunda, hunde sus raíces en lo inconmovible, en la Roca. Una vez que se conoce y acepta, es prácticamente imposible dejar de creer en él. Porque él es “amigo que nunca falla” y goza de total credibilidad.      

·        La fe en la Iglesia –instrumento humano al servicio de la salvación—puede pasar por “noches oscuras” y hasta tambalearse y producirse un vacío, temporal o definitivo.

 

3.   La “retirada” como disculpa

 

·        El problema de la fe no es el mensaje sino el mensajero. Ahí radican las objeciones: “Creo en Cristo pero no en la Iglesia”, “creo en Dios pero no en quien lo anuncia”. O “he perdido la fe por los malos ejemplos o comportamientos de ciertas personas”.

·        Y es aquí donde se producen las crisis y abandonos.  No cabe duda de que la Iglesia –en su lado humano—tiene mucho que mejorar. Pero no debe ser razón para justificar la retirada y la “pérdida” de la fe (que en sí no es pérdida sino confusión o abandono cobarde).

·        Si yo tengo la mala suerte de encontrarme con un mal profesor, no puedo ir vociferando a los cuatro vientos que ya no creo en el sector de Educación. Si alguna vez acudo a un médico y me sale un “matasanos”, no puedo sacar la conclusión de que ya no se puede fiar uno de la Medicina. Habrá otro a quien acudir ¿no?

 

ORACIÓN

          Me imagino, Jesús, que tienes que estar hasta las narices de mis “exigencias”. “Mira que he hecho esto… he dado limosna a aquel mendigo… no te he fallado ni un domingo a la misa… he colaborado en aquella colecta… he rezado tantos rosarios… he asistido a todas las reuniones de grupo… etc… etc…. Así que, ya sabes: tienes cuentas pendientes conmigo… ¡ y a portarte bien, eh!”

          ¿Sabes, Jesús,  de aquel niño que, muy seriecito él, se puso a la mesa y escribió a su mamá: -Mamá, ya va siendo hora de que te lo diga. Me debes tanto y tanto… Catorce recados a la bodega de enfrente: 7 soles. Cinco veces que me quedé cuidando a mi hermanito: 3 soles. Algunas tardes ayudándote en tus labores: 10 soles.

           Y se lo puso bajo la almohada a su mamita.  Cuando ésta lo leyó, tomó un papel y escribió: -Hijo mío, por todas las veces que te cuidé y velé tu sueño: Nada. Por las caricias y besos que te he dado: Nada. Por haberte llevado al médico cuando estabas enfermito: Nada. Por el material escolar que te permite ir al colegio: Nada. Por los desayunos y comidas que te he cocinado y servido: Nada. Por haberte enseñado a orar: Nada.

           ¿Verdad, Jesús, que yo he sido más ingrato e inconsciente que este niño? Porque, al fin y al cabo, es un niño. ¿Pero yo…?  Parece mentira que a mi edad ande yo pasándote factura de las cosas buenas que hago para que las tengas en cuenta y sepas cómo actuar conmigo… ¡Seré cara dura!

          Hazme caer en la cuenta de que, cuando hago el bien, estoy haciendo lo que debo hacer. ¡Nada más!  ¡Nada de extraordinario! Nada que esté por encima de mis deberes y responsabilidades como seguidor tuyo. Tu palabra siempre pone las cosas en su sitio: “Siervo inútil soy. He hecho lo que tenía que hacer”. Así de simple. Sin buscar aplausos ni remuneraciones extra.

          Señor Jesús, éste es un tema digno de estudiarse.  Porque hasta contigo me comporto “interesadamente”. ¡Qué poca gratuidad hay en mi vida! ¡En cuántas cosas actúo por interés y conveniencia! ¡Yo chantajeando a quien entregó su vida por mí! ¡Yo exigiendo a quien me perdona a fondo perdido! ¡Yo amenazando de dar la espalda al que me mira con amor e infinita paciencia!

          ¿Qué se puede esperar de una religión “interesada”? ¿De unos cultos “de compromiso”? ¡Como si tú tuvieras que agradecerme algo! ¡Como si tú fueras el favorecido y yo el generoso y espléndido contigo! Sinceramente, es como para caerme de vergüenza. ¿Qué estoy haciendo de mi cristianismo? ¿Un mercado? ¿Un Banco de intereses?  ¿Un cambalache?

          ¿Quién tiene que agradecer: tú o yo? ¿Quién da más: tú o yo? ¿Quién ha dado y está dando su vida de manera incondicional y total: tú o yo?  La respuesta es obvia. Tú me ganas. Precisamente por eso estoy orgulloso de militar en las filas de un ganador como tú.  Y no permitas que me pase la vida dándote la lata con la lista de mis “merecimientos”.

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