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Domingo 30 de Septiembre 2007 26º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 16, 19-31) P. Odilo González, c.p. |
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· Nadie ha dicho que ser rico sea malo. Con tal que la riqueza no endurezca el corazón. Ahí está el riesgo. Y de eso habla bastante el Evangelio. Es decir, Jesús. · También cuenta mucho la manera de hacerse rico y de utilizar la riqueza. No todos llegan a serlo por el camino recto, el de la justicia y el respeto a los bienes de los demás y el trabajo honesto y bien realizado. · Está claro que los ricos lo tienen más complicado a la hora de querer entrar por la “puerta estrecha” . La avaricia es como lapa que se pega al alma. Y vuelve a uno insensible e indiferente frente a las múltiples necesidades ajenas, esto es, frente al amor. · Lo que define humana y espiritualmente al rico no es tanto lo que tiene sino sus actitudes, su sensibilidad humana y espiritual y la forma de cómo ha ido adquiriendo sus riquezas. La riqueza, en sí misma, es un bien. Y un bien, no sólo para uno, sino para la humanidad.
· Y al decir mundo, me refiero a casi toda la humanidad. Cada día hay más hambrientos a las puertas de los “epulones” de hoy. Los “epulones” son esos: los que no tienen “corazón” y se encierran en sus cajas fuertes, los que se ríen de todo el mundo y hasta se “divierten” viendo cómo el buitre aguarda a que la presa humana sucumba en la calle desierta e indiferente… · Es doloroso decirlo, pero la humanidad está en manos de los que nunca podrán entender la realidad de los pobres. Es fácil hablar “a” los pobres, pero no “desde” los pobres. Es cómodo hacer programas desde la opulencia y el poder, pero no lo es tanto desde las esteras y los tambitos… · Imposible que nuestros gobernantes, a nivel mundial, puedan ser creíbles a la hora de ofrecer soluciones. Mientras no cambien su corazón, todo será bla bla bla y dejarán que el rodillo del hambre siga sembrando de pavor y muerte los famélicos escenarios de nuestro castigado planeta.
· Nadie puede decir que de esta agua no beberé. Si hemos dicho que el epulón se caracteriza por su corazón duro y obstinado, es posible que estos lodos salpiquen también tu alma. ¿Cuántas veces, viendo “lázaros” a tu puerta, en tu barrio o en la esquina de la calle, has pasado de largo o cerrado tu puerta? · A tu manera puedes estar en el bando de los “ciegos” e insensibles, los mismos que criticas y calificas de inhumanos. ¿Ves qué fácil es caer en la incoherencia? · A los “grandes” de este mundo (los que tienen en sus manos la solución de nuestros álgidos problemas) les cabe una mayor responsabilidad. Tendrán que rendir cuentas. ¡Y qué cuentas! Pero tú y yo estamos también en lista de espera para dar razón de los pobres “lázaros” que se nos cruzaron en el camino y nos hemos contentado con decirles “que Dios les ampare”…
ORACIÓN
Ya desde chiquitín, cuando iba al cole, se me quedó grabado lo del “rico Epulón” y el “pobre Lázaro”. ¿Te acuerdas cuando mi maestra Doña Asunción, aquella mujer que no sólo era maestra sino también madre para nosotros, con qué unción nos leía la Biblia en aquella salita que hacía de escuela-oratorio y donde “crecíamos en estatura, en gracia y sabiduría ante Dios y ante los hombres”? (Disculpa si te robo las palabras que Lucas te dedica a ti en su evangelio. Pero me gusta). Uno se imagina a Lázaro allá arriiiiiiiba y al Epulón allá abaaaaajo. ¡Lo que cambian las cosas! Lázaro acariciando, rejuvenecido y feliz, las barbas del abuelito Abraham, y el Epulón consumiéndose en las llamas y suplicando una gota de agua… “Recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro a su vez males; por eso encuentra aquí consuelo mientras que tú padeces”. Y lo curioso del caso, amigo Jesús, es que recurre a la resurrección de un muerto para que sus hermanos no sigan la misma suerte que él. Piensa que con el susto van a cambiar las personas. Los sustos pasan al toque. Después de la primera impresión todo vuelve a las andadas. Tú, con esta parábola, apuntas a algo más efectivo: “que escuchen a los profetas, que abran su corazón a una conversión sincera, que acojan el mensaje para el cambio profundo de sus vidas”. Con esto me estás enseñando que aquello que no pasa por la mente y el corazón no tiene garantías de futuro. Lo epidérmico, lo aparente, puede durar algo, pero enseguida se marchita como hoja que lleva el viento… Hay algo que me preocupa, Jesús. Y es que generalmente esperamos a que ocurran cosas raras para convertirnos. Somos amigos del espectáculo. Tiene que llegar una enfermedad o un accidente, una muerte imprevista o contratiempo muy grave para que nos decidamos a dar un giro a nuestra vida. Es entonces, bajo el efecto del miedo o la inseguridad, cuando empezamos a reaccionar. Pero no porque estamos convencidos de la necesidad de cambiar, sino por la impresión y el impacto que nos ha afectado y sobrecogido. Ese es el temor que tengo: que el deseo de conversión no sea del todo sincero, convencido y permanente. Ya ves a dónde me ha llevado la parábola del día de hoy: al tema de mi conversión personal. No puedo esperar a que “resucite un muerto” (o que me pasen cosas raras) para enderezar mi vida, sino tratar de afinar oídos y corazón para escucharte mejor y decidirme de una vez al cambio que tú esperas de mí. *** |
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