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1.
Cada cosa en su
sitio
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No se trata de despreciar, excluir o
negar. Todo lo bueno es compatible con el amor. Si tú vives un proyecto
de vida con tu esposo/a, si tienes amigos fieles dignos de ser amados,
si tienes una madre o un padre a quienes “adoras”, si tus hijos te
roban el corazón… ¡sigue queriéndolos con toda el alma!
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Entonces ¿es cierto que, para ser
“discípulo” de Cristo, hay que poner sordina a los demás amores? ¿Tendré
que renunciar al amor humano para dar cabida al amor divino? ¿Serían
incompatibles estos dos amores?
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Jesús no habla de exclusividades sino
de prioridades. Que es muy distinto. Todos los amores, cuando son
limpios y transparentes, caben holgadamente en un mismo corazón.
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Estate, pues, tranquilo… Puedes seguir
amando a tus seres queridos y, al mismo tiempo, al Dios de la vida.
2.
¡Ojo!
Imprescindible salvar el primer puesto
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No me negarás que el primer puesto le
corresponde a Dios. “Ama a Dios sobre todas las cosas”.
El es el centro, la fuente, la mina, el núcleo, el meollo, la raíz…
Borra a Dios del mapa y ya verás en qué queda todo lo nuestro.
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Alguien dirá: “También sin Dios se
puede amar”. Mira, por mucho que un río quiera negar su fuente, no
por ello deja de existir la fuente. El que uno prescinda de Dios, no por
ello Dios deja de existir. Lo mismo que si uno mete su cabeza en un hoyo
y dice que no hay sol, no por eso deja de brillar el sol.
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El amor a Dios y a las criaturas es
perfectamente compatible. Lo que hay que salvar es el orden, la
primacía, el primer puesto. Y eso es de pura lógica. ¿Desde cuándo la
criatura es antes o más importante que el creador?
3.
Cuando aparece
el conflicto
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¿Qué sucede cuando alguien (aun la
persona más querida) se interpone entre Dios y tú y trata de impedir o
poner trabas a tu derecho de amar a Dios o de participar en el culto
religioso? ¿A quién hacer caso?
Recuerda aquella
frase de Pedro a los miembros del Sanedrín cuando le querían prohibir
anunciar el mensaje de Jesús: “Hay que obedecer antes a Dios que a
los hombres”. Es cierto que estos conflictos se dan con mucha
frecuencia. Y muchos creyentes sufren atropellos a su fe dentro de su
propio hogar. ¿Qué derecho tienen algunos para constituirse en
“dueños” de la fe del otro? ¿Por qué esa desfachatez de querer
enfrentarse con Dios cual de rivales se tratara?

Señor
Jesús, a mí me da la impresión (¡ojalá me equivoque!) de que tú tienes
poco que hacer en esta sociedad nuestra. Al menos, por lo que veo,
escucho y siento. Vamos, que no eres necesario. Son minorías las que te
siguen. La masa en general está muy cómoda borrándote del mapa.
Así, pues, no te extrañes de que en la lista de las preferencias
cualquier cosa tenga “más importancia” que tú. Cualquier disculpa vale
parta decirte “tú espera, que ahorita tengo cosas más importantes que
hacer”. Esa disculpa puede ser un familiar que me visita (¡y que no
puedo desatender!) o una cita con un amigo (me “interesa” mantener esa
amistad) o simplemente algo que se me ha presentado a última hora y me
resulta más agradable que ir a conversar contigo…
Tu evangelio de hoy (condiciones para ser tu discípulo) no quita el
sueño a la gran mayoría. Unos porque no te conocen y otros porque, aun
habiendo oído hablar de ti, no te dan bola. Y más, si vienes diciendo
cosas como esa de “negarse a sí mismo”…. Ese lenguaje no está registrado
en el argot de las comunicaciones modernas…
Ya ves que estoy un poco pesimista. Tú, que ves mejor el panorama que
yo, tendrás muchos más argumentos que presentar y seguro que desde tu
óptica puedes tener una visión más objetiva y verdadera de la realidad.
No quisiera que tú fueras un fracasado después de más de dos mil años de
andadura cristiana. No me gustaría que desde la cruz dieras tu brazo a
torcer y te consideraras un derrotado. ¿A dónde iría yo? ¿A qué tabla de
salvación nos agarraríamos los que lo hemos arriesgado todo por ti?
Ahora bien, sería injusto y muy ciego si no te dijera lo siguiente: es
muy cierto que tu persona y tu pensamiento siguen teniendo un gran poder
de convocatoria. Pero no tanto tu Iglesia. Tú te mantienes tan fresco y
lozano como siempre. Porque tú eres vida. Pero esa gran obra que salió
de tu corazón, la Iglesia, no acaba de ponerse a tono con tus
exigencias, no consigue saltar el listón de la credibilidad, no alcanza
todavía a ser la “luz y la sal” de la tierra…(al menos en ciertas partes
del mundo). Demasiados lastres y mediocridades humanas entorpecen su
paso y su ritmo…
Esto significa, Señor Jesús, que no eres tú quien frena el ritmo de la
historia sino esa Iglesia (tu-mi Iglesia) que en muchos lugares del
planeta ha dejado de ser profética para acomodarse, en complicidad, con
los poderes de este mundo. Es cierto que sigue habiendo mártires,
profetas, adelantados de tu Reino que hacen creíble tu obra, pero no me
niegues que en otros escenarios hay demasiados silencios, retrocesos,
complicidades y actitudes acomodaticias que opacan la luz de tu mensaje.
Y en esa Iglesia camino yo. Tengo, pues, que preguntarme hasta qué punto
estoy respondiendo a tus expectativas. No sea que, señalando a otros,
esté yo copiando la política del avestruz. Es muy fácil y cobarde culpar
a otros mientras uno mismo trata de ocultarse en la penumbra de su
ausentismo e indiferencia.
Ya ves, Jesús, qué oración me ha salido hoy. No todo va a ser caramelo
¿verdad? Las oraciones “fáciles” están bien para ciertos momentos, pero
es que el evangelio de hoy (tu “noticia”) me ha hecho remover por dentro
y desahogarme contigo de esta manera. Me duele que tantos que nos
decimos católicos seamos freno para tu Iglesia y pongamos resistencia a
que mantenga el ritmo que quieres tú. Me duele que no seamos capaces de
renunciar a tantas “cargas inútiles” para aligerar el paso y ponernos a
la altura de las circunstancias, siempre de la mano de tu evangelio. Eso
es todo, Jesús. SIEMPRE CONTIGO. *** |