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DOMINGO 25 FEBRERO 2007 1º Domingo de Cuaresma (C) (Lc. 4,1-13) P. Odilo González |
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A veces hasta me pregunto por qué habría de haber tentaciones con lo bien que lo pasaría uno sin tanta lucha y combate interior… Pero al repasar el evangelio de hoy me encuentro con que tú mismo te adelantas y te vas al desierto como exponiéndote al peligro…Lo que pasa es que “fuiste guiado por el Espíritu”. Ahí está la cuestión. No fuiste para hacer deporte ni pasarte cuarenta días de vacaciones. Lo tuyo era otra cosa. Seguro que tú ya adivinabas lo que se te venía encima. Por eso te preocupaste de “llenarte del Espíritu”… No andabas a verlas venir, vacío e inconsciente, arriesgándote tontamente a cualquier embate del mal… Sabías cultivar muy bien tu parcela del espíritu, eso que yo a veces ni le doy importancia… Tu fuerza interior te permitió salir a flote. Y ese es el ejemplo que tú me das: sin oración es imposible cantar victoria en el escenario de la vida y de la gracia. Tú sabes, Jesús, que la tentación es prueba. Y tú quisiste someterte a ese duro trance de sentirte vapuleado, que no vencido, por el espíritu del mal… Has demostrado así que toda tentación o prueba, por muy molesta y agresiva que sea, puede ser superada con el poder de lo Alto. No en vano tú habías ayunado durante cuarenta días y habías estado sintonizado íntimamente con tu Padre. Así pudiste resistir a las atractivas proposiciones del diablo… Supiste responder puntual y enérgicamente a cada una y dar con ello una imagen de entereza y solidez personal. Hablando de tentaciones, reconozco que muchas veces me las busco yo. ¡Cuántas veces me he metido en la “boca del lobo” pensando que iba a salir ileso y me quedé con el alma hecha trizas por el dolor, la náusea y la amargura! Buscando la felicidad, me encontré con el vacío y el sinsentido. Creyendo hallar la libertad, me sorprendí atado y arrinconado contra la fría pared de la soledad… Sí, Jesús, cuando me siento a la orilla del camino y miro hacia atrás, me doy cuenta de las múltiples oportunidades perdidas para demostrar que contigo todo es posible. Me fié demasiado de mí, de mi autosuficiencia y orgullo, de pensar que yo solo podría demostrar mi fuerza y coraje y lo que conseguí es besar el polvo y mascar mi impotencia y cobardía. Olvidé que el poder viene de ti, no de mí. Me creí invulnerable cuando en realidad fui un blanco fácil y vapuleable. Siempre me hizo pensar aquello del soldado que va a la guerra. Se viste el uniforme, se despide de su familia y se larga al terreno de combate… Pero he aquí que en el camino alguien le pregunta: -¿A dónde vas? -¡A la guerra! –responde--. ¿Y dónde está tu arma, tu chaleco antibalas, tus moniciones? El soldadito sólo llevaba puesto su uniforme. Se había olvidado de todo lo demás… Un soldado indefenso, con muy buena voluntad, pero totalmente desarmado para hacer frente a los bombardeos del enemigo. Esto me enseña, Señor Jesús, la necesidad urgente de “armarme” bien para la lucha. No puedo ser tan ingenuo y confiado. Tú me enseñas a tomar las cosas con sabiduría y prudencia. Me invitas por enésima vez a “orar para no caer en la tentación” y –siempre “guiado por el Espíritu”-- evitar todo aquello que pueda poner en peligro mi amistad contigo. ¡GRACIAS! |
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