Domingo 12 de Agosto 2007

19º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 1, 39-56)

P. Odilo González, c.p.

  1. Cuando una mujer toca el cielo

 

  • Todo comenzó con un “sí”.  Y en esa actitud de disponibilidad y entrega a los planes de Dios transcurrió la vida sencilla y humilde de la joven María de Nazaret.

  • Eso de “tocar el cielo” es muy expresivo. Significa llegar a la cumbre, a la cima más elevada de toda ambición humana: ser feliz.

  • Estamos, pues, celebrando la felicidad de esta singular mujer puesta por Dios en el camino de la salvación. “¡Bendita tú entre todas las mujeres!” “¡Feliz de ti que has creído!”

  • La Asunción de María es eso: dejarse llevar en cuerpo y alma por un Dios que no sabe “vivir” sin su “amada”, la más amada de sus criaturas.

 

  1. Lindos recuerdos de familia

 

  • La “vida pública” de María comienza, se podría decir, con la visita a su prima Isabel. Sin pretenderlo, se lanza a los caminos de la historia recorriendo los montes de Judá y protagonizando el familiar encuentro con Isabel.

  • Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”. Así, sin más, sin llamar a la puerta ni hacer caso al perro guardián. Isabel no se lo esperaba. Le cogió de sorpresa. “¿Quién soy yo para…?”

  • Y fue allí donde el Espíritu Santo se desbordó a sí mismo en luz y en gozo espectacular… “¡¡¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!!!”

  • ¡Oh, qué hermosos recuerdos en la mente de esta mujer que, con el paso de los años, iría meditándolos en su  corazón hasta llegar el momento de la culminación de su vida terrenal!

 

  1. Un final feliz

 

  • Como tenía que ser. A Dios le gusta empezar y acabar bien sus obras de arte. ¡Y vaya pieza artística la consumada en María! Una mujer concebida sin pecado original no tenía por qué acabar su vida con el fruto del pecado: la muerte.

  • Si “para Dios nada hay imposible”, lo que comenzó excepcionalmente, nada le impedía acabarlo también de manera excepcional: llevarse a María sin el “paso humillante” de la muerte.

  • Y ahí está lo original de esta fiesta de la Asunción: el cuerpo mortal de María fue asumido por Dios para convertirlo, por su poder, en cuerpo glorioso. Ahí radica el dogma de la Asunción de María: asunta al cielo en cuerpo y alma.

 

ORACIÓN

  

          Señor Jesús, tuviste suerte. Ser hijo de María no es cualquier cosa. El Padre se las apañó para escogerte una madre excepcional que, del principio al fin, supo estar contigo.

          Eso de “estar con el hijo” es más importante de lo que parece. Hay madres que tienen el orgullo de ser mamás y rodear de  cariño a sus retoños. Hay otras que abandonan a sus hijos, los “regalan” por ahí o los venden cual mercadería barata. O se los “confían” a los abuelos para que sean ellos los que carguen con el “fardo” mientras ellas se dan a una vida sin escrúpulos.

          Me das envidia, envidia santa, se entiende… (¿Hay envidia santa?...jijiji…) ¿Por qué esa “envidia”?  Porque tuviste lindos momentos para poder pronunciar esas dos sílabas, las más entrañables: ma-má. Ya sabes por qué te lo digo. No todos hemos tenido esa inmensa suerte…

          Me vienen a la mente todos los hijos huérfanos de mamá. O bien se les ha muerto, o bien han sido abandonados y deambulan por la vida con ese vacío en su corazón. Niños, adolescentes, jóvenes con mirada triste y perdida, soñando en un amor que nunca han tenido…

          Tú sabes, Jesús, que el ser humano sólo tiene explicación desde el amor. Quítale el amor y se queda a merced del sinsentido. Dar amor y recibir amor: he ahí la fórmula. Pero eso, en multitud de casos, no funciona. Y así van las cosas. Soledades inmensas, heridas profundas en el alma, tremendos problemas afectivos, bloqueos emocionales, rupturas matrimoniales, etc.

          Por eso este día, fiesta de la Asunción de María, mis ojos se vuelven a esa mujer para compartir con ella sus gozos maternales y la alegría de su ingreso en el cielo. Y poner en sus brazos la orfandad de tantos seres humanos, que luchan y avanzan en medio de múltiples escollos y desequilibrios sicológicos. Sufren y hacen sufrir, lloran y provocan llorar…

          Al contemplar a María, mi corazón se llena de esperanza y mis labios pronuncian mi felicitación más sincera. Sé que en ella tengo el refugio para mis penas, el alivio para mis males, la sonrisa para mis tristezas.

          Tengo la certeza de que he acertado.

          Gracias, Jesús, por compartir conmigo los desvelos de tu Madre. Lejos de acapararla, la “regalas” generosamente a todos aquellos que todavía peregrinamos en este “valle de lágrimas”.

           Mi gratitud total.

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