|
Domingo 12 de Agosto 2007 19º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 1, 39-56) P. Odilo González, c.p. |
![]() |
|||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
ORACIÓN
Señor Jesús, tuviste suerte. Ser hijo de María no es cualquier cosa. El Padre se las apañó para escogerte una madre excepcional que, del principio al fin, supo estar contigo. Eso de “estar con el hijo” es más importante de lo que parece. Hay madres que tienen el orgullo de ser mamás y rodear de cariño a sus retoños. Hay otras que abandonan a sus hijos, los “regalan” por ahí o los venden cual mercadería barata. O se los “confían” a los abuelos para que sean ellos los que carguen con el “fardo” mientras ellas se dan a una vida sin escrúpulos. Me das envidia, envidia santa, se entiende… (¿Hay envidia santa?...jijiji…) ¿Por qué esa “envidia”? Porque tuviste lindos momentos para poder pronunciar esas dos sílabas, las más entrañables: ma-má. Ya sabes por qué te lo digo. No todos hemos tenido esa inmensa suerte… Me vienen a la mente todos los hijos huérfanos de mamá. O bien se les ha muerto, o bien han sido abandonados y deambulan por la vida con ese vacío en su corazón. Niños, adolescentes, jóvenes con mirada triste y perdida, soñando en un amor que nunca han tenido… Tú sabes, Jesús, que el ser humano sólo tiene explicación desde el amor. Quítale el amor y se queda a merced del sinsentido. Dar amor y recibir amor: he ahí la fórmula. Pero eso, en multitud de casos, no funciona. Y así van las cosas. Soledades inmensas, heridas profundas en el alma, tremendos problemas afectivos, bloqueos emocionales, rupturas matrimoniales, etc. Por eso este día, fiesta de la Asunción de María, mis ojos se vuelven a esa mujer para compartir con ella sus gozos maternales y la alegría de su ingreso en el cielo. Y poner en sus brazos la orfandad de tantos seres humanos, que luchan y avanzan en medio de múltiples escollos y desequilibrios sicológicos. Sufren y hacen sufrir, lloran y provocan llorar… Al contemplar a María, mi corazón se llena de esperanza y mis labios pronuncian mi felicitación más sincera. Sé que en ella tengo el refugio para mis penas, el alivio para mis males, la sonrisa para mis tristezas. Tengo la certeza de que he acertado. Gracias, Jesús, por compartir conmigo los desvelos de tu Madre. Lejos de acapararla, la “regalas” generosamente a todos aquellos que todavía peregrinamos en este “valle de lágrimas”. Mi gratitud total. |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||