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Domingo 15 de Julio 2007 15º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 10, 25-37) P. Odilo González, c.p. |
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1. La vuelta a la tortilla
· La parábola del “Buen Samaritano” pone las cosas de patas a arriba. Ni el sacerdote del templo ni el levita (el sacristán) quedan muy favorecidos en el evangelio de hoy. Sin embargo, el samaritano, oriundo de una región oficialmente pagana, ajeno al templo y a sus ritos, ofrece la medida exacta de lo que Jesús quiere proclamar: la primacía del amor sobre los cultos religiosos. · Esto sí que es una perfecta “revolución”. El maestro de la Ley (especialista en Biblia y esas cosas) debió de quedarse patitieso cuando Jesús le dijo: “Vete y haz tú lo mismo”, es decir, déjate de tantas triquiñuelas legales y agárrate a la única Ley que vale la pena: practicar la misericordia. Por algo Jesús repitió en otra ocasión: “Misericordia quiero, y no sacrificios”.
2. ¿Cómo andas de misericordia?
· Es hora de enfrentarte con el evangelio, es decir, con la Verdad. ¿Sabrías decir quién es tu prójimo? No te esfuerces por volar lejos. Tu “próximo” está ahí, en tu oficina, en tu casa, en tu taller, en tu colegio, en tu grupo… · Es esa empleada a la que tratas con desdén y aires de superioridad… ese obrero al que no le pagas las horas “extra”… ese “cholito” o “serranito” al que tú humillas por creerte no sé qué… ese niño pedigüeño al que le miras como una basura… esa colega que está aguantando tus bromas o acosos sexuales… ese humilde vecino que va a misa y esquivas su mano en el momento de darse la paz… · ¿Verdad que tu “próximo” resulta a veces incómodo y no reúne las “condiciones” que tu categoría social “exije”? Tú vas a misa, claro. Y hasta te enorgulleces de ser “pata” del cura… Pero ¡cuidado! Jesús tiene otro baremo para “medir” a las personas. Va directamente al corazón. Es ahí donde establece su morada y fija la verdadera categoría de la persona.
ORACIÓN
Oye, Jesús, eso de “ama al prójimo como a ti mismo” plantea un problema muy serio: el de la baja autoestima. ¿Cómo voy a amar al otro si no me amo a mí mismo? ¿Cómo le voy a apreciar y a valorar si yo mismo no me valoro? Habrá que empezar por uno mismo, digo yo. Es éste un problema bien gordo en nuestras familias, en nuestros centros educativos, en cualquier institución… ¡Cuántas cosas por hacer se quedan en el vacío! Y no porque no se puedan realizar sino por la sensación de inutilidad que muchos tienen de sí mismos… “No puedo”… “no valgo”… “no sé”… ¿Cómo exigir amar a otro si no sabe lo que es amar? ¿Cómo descubrir valores en el prójimo si no se ha llegado a descubrir uno a sí mismo? Mi oración hoy es por todos aquellos que merodean por los caminos del desaliento y la impotencia, que se descalifican a sí mismos y se automarginan silenciosamente, que han perdido toda esperanza de aportar algo valioso a su entorno familiar y social, que desde niños han escuchado que “no valen para nada” y que son “unos desgraciados e inútiles”, que ya antes de nacer fueron despreciados y no queridos… También hoy, Jesús, hacen falta “samaritanos” (creyentes o no) que recorran los caminos de la vida en busca de los “molidos a palos” por una sociedad fría, indiferente y cruel, víctimas de los “asaltos” a su dignidad y “desnudos” hasta de sus más elementales derechos… ¿Cómo no va a existir la baja autoestima si todo es aplastar y condenar y muy pocas veces levantar y dar ánimos? Vienen a mi mente los miles de seres humanos “deshumanizados” en las cárceles y en los “guantánamos” del mundo, en los antros de la prostitución y trabajos forzados de menores, en las plazas y calles de nuestros pueblos y ciudades, en cualquier rincón donde un hombre o una mujer lloran su impotencia y desesperación… “Misericordia quiero, y no sacrificio”, has dicho tú. ¡Bastante sacrificio y dolor hay en el mundo! Y por ello me siento interpelado. Es hora de buscar caminos de solución. Igual que el samaritano de la parábola, me acercaré a la cuneta de los malheridos y comenzaré por tenderles la mano y abrirles mi corazón. Y una vez en “mi cabalgadura”, será el momento de hacerles ver que son “recuperables”, que también ellos pueden actuar y recuperar a otros… Y así, en una cadena de misericordia y amor, estaremos, Señor Jesús, haciendo posible “amar al prójimo”, porque hemos conseguido “amarnos y valorarnos a nosotros mismos”. ¡Gracias, Jesús, por hacerme descubrir esta gran verdad! |
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