Domingo 17 de Junio 2007

11º del Tiempo Ordinario (C) (Lc. 7, 36- 8, 3)

P. Odilo González, c.p.

 

ORACIÓN

 

Señor Jesús, en tu evangelio se habla de “pecadoras públicas”

como si ellas fueran las únicas pecadoras del barrio

o existiese un club de pecadores “anónimos  o privados”.

El pecado –o los pecados—es un fenómeno tan generalizado

que ya no vale hablar de pecadores públicos o privados,

sino de una peste funesta y un veneno mortal

que corroe las entrañas de una sociedad que dice llamarse libre.

¿Libre de qué?

 

“Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Esta frase tuya viene sonando a través de los siglos

como una acusación lapidaria y permanente

contra los fariseos de turno y sus fieles congéneres.

Es ésta una raza inextinguible

que pulula por todos los estratos sociales, políticos y religiosos

como lava de un volcán siempre en erupción.

 

Es bueno y útil ser guardianes de la ley,

pero de una ley justa, humana y respetuosa con el ser humano.

No una ley que permite llamar pecador al otro

mientras uno mismo se lava las manos y justifica sus torpezas.

No una ley inflexible para los pobres y sin voz

y otra más suave para los que manejan millones

y se compran la conciencia de los administradores de justicia.

No una ley que condena sin misericordia a un ladrón de gallinas

y deja en la calle a los depredadores de pueblos y naciones.

 

Tu mensaje de hoy, Señor Jesús,

es un intento de rescatar a los “acusados y humillados”

por una sociedad hipócrita y viciosa.

Una manera de levantar en alto el honor perdido

y permitir al ser humano erguir de nuevo la cabeza

y poder seguir edificando su futuro.

 

Huelga decir que estoy contigo y aplaudo tu manera de actuar.

Quiero parecerme a ti en cualquier circunstancia y lugar.

Quiero tender mi mano al que nunca ha sentido el calor de un hermano.

Quiero decir una palabra a quien siempre se le ha negado.

Quiero amar a quien nunca se ha sentido amado.

Tú lo has dicho:

“A quien mucho se le perdona, mucho se le ama”.

Y yo, que tengo tanto de que ser perdonado,

sé que soy infinitamente querido por ti.

¡Gracias, Jesús!

 ***

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