Pozotriste

El pobre pozo lloraba desconsoladamente, porque el calor de los últimos días había secado el charquito de agua que quedaba en su interior. Los demás pozos, al verle en ese estado, empezaron a llamarle Pozotriste y le ofrecieron sus mejores consejos para que recuperara la alegría.

Uno de sus amigos le dijo:

- No llores porque te has quedado sin agua, eso nos pasa a muchos pozos. Yo también estoy seco desde hace años y me he acostumbrado. Lo importante no es que tengas agua, sino que parezca que la tienes. Yo tengo un espejo en el fondo y la gente, cuando se asoma a mi brocal, ve su propio reflejo y cree que tengo agua. Haz tú lo mismo. Es la solución más fácil.

Durante un ratito Pozotriste dejó de llorar y se puso a pensar en lo que le había propuesto su amigo, mientras dejaba escapar pequeños suspiros. Un rato después, volvió a llorar amargamente. Otro pozo le dijo:

-Yo he hecho creer a la gente que soy el pozo de los deseos, para que vengan a echarme monedas. Es verdad que estoy seco, pero el brillo de las monedas que hay en mi interior y el ruidito que hacen al caer, me ayudan a olvidar que soy un pozo sin agua.

-Pues yo –dijo un pequeño pozo que estaba a su lado– también lloré hace tiempo, al verme seco, pero ahora ya no lloro. Le pido a la gente que pasa a mi lado que me dé cualquier cosa para ir llenando mi interior. Me han echado mecheros, pilas usadas, móviles estropeados, ropa pasada de moda... Estoy lleno de objetos y eso me hace olvidar que estoy seco. Prueba tú también, verás qué fácil es llenarse de cosas.“Se han acostumbrado a estar secos  
y ya no echan de menos el agua.
Tú todavía estás a tiempo.”

Un rato después se oyó la voz de otro pozo que, desde la lejanía, le dijo a Pozotriste:

-Yo también estoy seco, pero no estoy triste. Desde hace años les pido a los caminantes que se asoman al brocal que me echen colonia. Por unos momentos siento frescor, como si tuviera agua. Gracias a este truco me he acostumbrado a que se evapore todo lo que hay en mi interior. Es divertido.

 -Pues yo –dijo una voz que salía de un extraño montón de piedras– encontré una solución diferente: para que no se notara que soy un pozo seco, rompí mi brocal y escondí el cubo. Así, la gente que pasa se queda mirándome, preguntándose qué soy. Ya no busco agua, ahora me conformo con que me admiren. Así soy feliz.

Desde el fondo de la explanada se oyó la voz de Pozohondo, el pozo más viejo de aquella zona, al que iban a beber los caminantes, porque siempre estaba lleno de agua fresca. Se dirigió a Pozotriste y le dijo:

-Hace muchos años, cuando yo era joven, me pasaba lo mismo que a ti. Probé las mismas soluciones que te han ofrecido los otros pozos, pero ninguna de ellas me llenaba de agua. Yo también lloraba y lloraba. Pero recuerdo que una noche dejé de llorar y le pedí ayuda al Dueño de los Pozos. Hablé mucho rato con él y le expliqué cómo me sentía.

El Dueño me ayudó a vaciarme de todo lo que me sobraba: tierra seca, monedas, espejos, objetos inútiles... Luego permanecí en silencio, atento a lo que ocurría en mi interior, como me había dicho el Dueño.

Un día, en lo más hondo de mí mismo, sentí como un cosquilleo que se iba haciendo más fuerte y... ¡de repente! brotó el agua a borbotones, con mucha fuerza. Desde entonces cuido el manantial que hay en mi interior, para que el agua siga brotando cada día y sacie la sed de los caminantes. De vez en cuando le digo esto a los pozos jóvenes, pero no me escuchan. Lo más triste es que se han acostumbrado a estar secos y ya no echan de menos el agua. Tú todavía estás a tiempo.

Poco después, en medio del silencio de la noche, se oyó a Pozotriste, que gritaba con todas sus fuerzas: “Dueño de los Pozooosss...¡te necesito! ¡Ven a ayudarmeee!

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